miércoles, 24 de noviembre de 2010

Retorno a Macondo: La soledad del coronel Aureliano Buendía

Segundo capítulo del libro "Ser Hombre. Imágenes arquetípicas masculinidad en Cien años de soledad" publicado por la editorial Institución Universitaria de Envigado. Colombia 2009


Retorno a Macondo: La soledad del coronel Aureliano Buendía

Copyright Lisímaco Henao Henao. Analista Junguiano IAAP


Al momento de escribir estas páginas se impone la pregunta acerca de los motivos que fascinan tanto de Cien años de soledad, motivos que a quien escribe le han llevado a leer la novela unas cinco veces desde que, a los dieciséis años, un hermano mayor le leyera las tres primeras páginas fascinado a su vez. En cada caso me abstraía yo del tiempo y del espacio consciente y me sumergía en ese mundo sintiéndome vagar por las calles de Macondo con aquellos personajes inverosímiles: con el gigante, agresivo, aventurero y mujeriego José Arcadio, con el sensible, misterioso, guerrero y artesano Aureliano; podía ver a José Arcadio el viejo, amarrado al castaño y dialogando con los muertos, a Úrsula reinventando la casa una y otra vez para sus nietos, a Remedios La Bella ascendiendo a los cielos en cuerpo y alma, o al padre Nicanor haciendo su acto de levitación para convencer a sus incrédulos parroquianos de la necesidad de una iglesia.

Es Cien años... una novela que ha fascinado a muchos en Colombia y fuera de ella. Y también es un mundo que atrapó la imaginación de su autor por un largo tiempo. Gabo ha escrito un gran número de relatos cortos, que dan cuenta de la mirada de otros personajes de Macondo o de hechos que ocurren en un universo mágico parecido que el lector identifica inmediatamente como cercano a la mítica aldea. Incluso en El general en su laberinto puede verse de nuevo al Coronel Aureliano Buendía que parece personificar a Simón Bolívar. Después García Márquez sale de Macondo, aunque en El amor en los tiempos del cólera y la autobiográfica Vivir para contarla, hace pequeñas incursiones a aquel mundo de las mariposas amarillas y las revoluciones fallidas.

En cierto modo creo que preguntarme por los motivos de mi fascinación ha resultado de gran ayuda en el empeño de iluminar los motivos de la fascinación colectiva por esta obra. Baste con decir, por ahora, que aquel universo mítico me ha permitido leer en retrospectiva ciertas imágenes de mi construcción de masculinidad, así como la de parientes cercanos (la casa de los abuelos incluida) y pacientes.

Las identidades entre el relato macondiano y nuestros propios dramas tiene una explicación: Cien años de soledad es la construcción creativa de un latinoamericano y, ya que se ha ganado un prestigio colectivo, podemos suponer que ella expresa, como toda gran obra contenidos de nuestra conciencia colectiva y del inconsciente colectivo mismo, por lo que resulta totalmente válida la indagación propuesta, cuyo propósito es develar las imágenes arquetípicas que constituyen nuestra masculinidad. Dicho en lenguaje junguiano, el inconsciente colectivo ha usado a García Márquez para expresarse, para mostrarse como si en un sueño lo hiciera.

De entre las figuras masculinas de la novela sobresalen los primeros hijos de la estirpe, y entre ellos, tomaremos en primer lugar al coronel Aureliano Buendía. De niño retraído y silencioso fue el único de los dos hermanos que se interesó por la alquimia del gitano Melquíades y por el oficio de artesano, el mismo que, en su adultez, se transformaría en líder de un movimiento revolucionario de carácter nacional. A continuación una semblanza del personaje:

"El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola
noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estrecticina que habría bastadopara matar a un caballo. Rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía. Declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller en Macondo. Aunque peleó siempre al frente de sus hombres, la única herida que recibió se la produjo él mismo después de firmar la capitulación de Neerlandia que puso fin a casi veinte años de
guerras civiles. Se disparó un tiro de pistola en el pecho y el proyectil le salió por la espalda sin lastimar ningún centro vital. Lo único que quedó de todo eso fue una calle con su nombre en Macondo." [1]

Durante mis paseos por Macondo he visto a Aureliano Buendía ponerse las botas y salir con sus amigos a salvar al mundo. Los he visto atravesando la selva y venciendo con sus machetes a una naturaleza en apariencia indómita, una naturaleza en la que su tradición había visto duendes, brujas y dioses y que al golpe del hierro forjado se convertía en mera maleza, simple y sólida piedra, tan solo agua y tierra.

He visto al coronel riendo del misterio que sus abuelos veían en todo, del padre Nicanor y sus levitaciones, de Petra Cotes y sus lecturas de la baraja, le he visto desconfiando de sus propias intuiciones:

"...recordó de pronto que un doce de octubre, en plena guerra, lo despertó la certidumbre brutal
de que la mujer con quien había dormido estaba muerta. Lo estaba, en realidad, y no olvidaba la fecha porque también ella le había preguntado una hora antes en que día estaban. A pesar de la evocación, tampoco esta vez tuvo conciencia de hasta qué puntolo habían abandonado los presagios, ..." [2]

Le he visto dirigiendo un discurso a sus compañeros de lucha, un discurso que reivindica el derecho al librepensamiento, a la explotación de los recursos y a la destrucción total del enemigo: esos otros hombres que al otro lado del campo de batalla escuchan un discurso que reivindica lo mismo. Treinta y dos veces dirigirá un discurso parecido y treinta y dos veces será vencido para terminar compartiendo con sus antiguos compañeros de lucha la soledad, el odio y la espera de un sentido para lo vivido:

Los últimos veteranos de quienes se tuvo noticia aparecieron retratados en un periódico, con la cara levantada de indignidad, junto a un anónimo presidente de la república que les regaló unos botones
con su efigie para que los usaran en la solapa, y les restituyó una bandera sucia de sangre y de pólvora
para que la pusieran en sus ataúdes. Los otros, los más dignos, todavía esperaban una carta en la
penumbra de la caridad pública, muriéndose de hambre, sobreviviendo de rabia, pudriéndose de
viejos en la exquisita mierda de la gloria. [3]

También he visto a Aureliano quitarse su uniforme para tomar a esa niña que sus lugartenientes le han traído como presente, admirando por un momento su belleza para luego descargar “su virilidad” sobre ella. Unas horas después alguien llamará a su tienda y su amigo de campaña Gerineldo Márquez le anunciará que otro de sus hijos ha nacido, el número dieciseis de otras dieciseis mujeres diferentes. Gerineldo se lo anuncia aunque sabe y entiende que por lógica este niño también será enviado a su abuela Úrsula Iguarán para que le cuide. La profundidad de las relaciones con las madres de sus hijos llegará solo hasta el sudor de unas cuantas noches, tal como ha sido siempre:

"...en el vacío de tantas mujeres como llegaron a su vida en igual forma, no recordó que fue ella la que en el delirio del primer encuentro estaba a punto de naufragar en sus propias lágrimas, y apenas una hora
antes de morir había jurado amarlo hasta la muerte. No volvió a pensar en ella, ni en ninguna otra,
después de que entró en el taller con la taza humeante, y encendió la luz para contar los pescaditos
de oro que guardaba en un tarro de lata." [4]

En sus regresos esporádicos a Macondo la vieja Úrsula le injuriará una y otra vez por su frialdad, el abandono de sus hijos y su capacidad de matar incluso a su propio suegro. Aureliano recordará que su hermano no fue a la guerra pero que también, como él, fue un “hombre a cabalidad”. Se volvió un trotamundos y un mujeriego que, una vez descubierto el amor se suicidó o fue asesinado por su mujer. La relación entre hermanos también cumplió con los criterios culturales de la hombría: se redujo a algunos momentos de complicidad en cuanto a la información sobre la sexualidad en su adolescencia, para luego caer en una distancia “viril”, que se interpuso para siempre entre ellos.

Macondo es verdaderamente un lugar de hombres y de mujeres, pero también de una profunda soledad, una en la cual muchos hombres se encuentran en la actualidad y que los lleva al análisis, la psicoterapia, la religión
o las adicciones. Es la soledad que queda después de haber intentando vivir las imágenes que la cultura puso a nuestra disposición para reivindicarnos como hombres en un esfuerzo que, sin embargo, nos deja con el sinsabor de que algo no está bien. Algo en nosotros llama a la puerta de diversas maneras: como cuestionamiento de parte de la mujer que socialmente se ha liberado, como fracaso de una racionalidad que se hace insuficiente para dar cuenta de lo que somos y como tragedia de una actitud belicista que quita más de lo que da.

Al preguntarnos por esta soledad y, específicamente, por la soledad del guerrero que representa el coronel Aureliano Buendía, profundizamos en la pregunta que últimamente se viene dirigiendo desde dentro y desde fuera a la mayoría de los hombres de este mundo occidental, quienes han intentado construirse en los ideales que la modernidad les ha trazado, la pregunta es esta:

¿Qué es ser hombre?

Antes de avanzar debemos detenernos y pensar si la pregunta es tan clara como parece. ¿Está suficientemente explorada la genealogía del concepto “hombre”, como para poder sacar conclusiones sobre su naturaleza?. Al intentar trabajar a conciencia sobre dicha pregunta, se descubre uno, como buen occidental, estableciendo oposiciones. Es decir que para explorar en esta genealogía, es necesario considerar aquello que percibimos como opuesto a “hombre”, entonces aparece el par hombre/mujer. Este par de conceptos se origina en una percepción fundante de lo humano: la diferencia. Esta diferencia se origina, por un lado, en una función biológica (la procreación) y, por el otro en la estructura genital anatómica (la genitalidad). Las demás diferencias parecen ser producto de estas dos, son imágenes y conceptos que sobre estas dos se construyeron posteriormente y que no son idénticos en todas las culturas ni en todos los tiempos. En otras palabras, la imagen arquetípica masculina y femenina tiene su asiento en el cuerpo inicialmente y, solo con posterioridad, en la evolución de la especie humana, ha tomado el carácter simbólico. Es a este proceso de pasar de lo biológico a lo imaginario al que denominamos “proceso de espiritualización”, lo cual quiere decir que en la base de lo típicamente humano encontramos lo común con otras especies y con la naturaleza en general.

Para el caso de occidente podemos resumir las imágenes construidas sobre aquella originaria diferenciación biológica de la siguiente manera: por funciones sociales (uno a la guerra y la otra a cuidar los hijos), por fuerza física (mayor desarrollo muscular en él, mayor tejido adiposo en ella), por la relación con la naturaleza (una cuida de la casa y la huerta y el otro es el matarife), por la relación con el misterio (una que manipula los elementos y que sabe del proceso de la vida y la muerte, frente al otro que sacrifica la vida para agradar a los dioses o para establecer su poder).

Para comprender este movimiento diferenciador podemos remontarnos al momento en que el ser humano llegó a la construcción que llamamos conciencia y que le permitió conocer, nombrar y en cierta medida controlar el mundo (el mito hebreo del paraíso da buena cuenta de ello). Este momento ha sido catalogado como un salto cualitativo desde la horda primitiva hacia la emergencia de las individualidades. Posteriormente, al reconocerse a sí mismo y a sus congéneres, este ser humano recién liberado de las ataduras de la inconsciencia colectiva encontró las diferencias más evidentes y por circunstancias del medio y la capacidad de conciencia que en cada estadio fue desarrollando distribuyó roles a cada uno de los miembros del par de “opuestos”. En este desarrollo de la conciencia encontró en un momento determinado (germen de la modernidad), que la manipulación de la naturaleza le daba ciertos beneficios, encontró la razón y sus métodos y los valoró por sobre todas las cosas. Lo demás, es decir, la tradición, la religión, el misterio como forma de conocer, curar o comunicarse, debían adaptarse al nuevo desarrollo de la conciencia o desaparecer. En Cien años de soledad este movimiento de la conciencia es representado por la relación entre Melquíades y José Arcadio Buendía. Este último es el alumno que sueña con transformar los metales, utilizar la lupa como instrumento de guerra, hacer navegable el río o hacer de Macondo un pueblo totalmente de hielo; mientras que Melquíades es el sabio y viejo maestro. José Arcadio, imbuido por los nuevos descubrimientos no tardará en olvidarse de la casa, la mujer y los hijos. Es el hombre entrando en la modernidad, desencantando el mundo y entregándose a los delirios de los nuevos descubrimientos, a otros encantamientos podríamos decir, que a él le parecen más objetivos que los de la tradición.

El mundo es, entonces, iluminado por el aspecto racional de la conciencia, por lo que la conciencia se definirá a sí misma como una luz que va aclarando la oscuridad de la que proviene, es decir, la naturaleza y que solo accede al conocimiento vía las oposiciones, en otras palabras, dividiendo la experiencia en pares de opuestos. Hablo ya no solamente de los opuestos masculino/femenino, sino de todos los que van apareciendo a lo largo de nuestro desarrollo cultural: racional/irracional, objetivo/subjetivo, científico/mítico, conciente/inconsciente, etc. Es interesante observar que esta división la encontramos incluso en algunas teorías sobre el cerebro y no ha faltado quién postule una especie de confrontación entre hemisferios por el poder rector de la conciencia.

En cuanto a los géneros, aparece toda una serie de imágenes de lo que en cada par de opuestos debe depositarse y de lo que cada uno debe ocuparse. Pervive una gran discusión acerca del origen de estas atribuciones, ciertas evidencias, por ejemplo, hacen dudar de una distribución del trabajo por características físicas (la existencia en algunas culturas de mujeres guerreras y cazadoras), así que toda teoría que fundamente las atribuciones del género desde la lógica mujer gestante/hombre guerrero, debe tomarse en cuenta bajo ciertas reservas. El hecho de que nuestras explicaciones sobre el estos asuntos resulten todas cuestionables en algún momento, quizás se deba a que se trata de imágenes construidas desde el contexto cultural en que nos movemos.

Con el paso del tiempo las atribuciones de cada uno de los géneros fueron llamadas características masculinas o femeninas y, al considerarlas innatas, la cultura siguió desarrollándose sin notar que esto no era un producto natural, sino una construcción sobre nuestras diferencias anatómicas. Hay una hermosa imagen de Platón que parece sugerir esta idea de que lo masculino y lo femenino como diferenciación es un producto división que efectúa la conciencia para conocer. Es el mito del Andrógino. Nos dice Platón que habría existido en el origen un ser redondo que tenía tanto características masculinas como femeninas, que en un momento dado se dividió dando lugar a los hombres y mujeres de hoy (y quizás a un tercer sexo que no prosperó). Se dice que desde entonces buscamos nuestra otra mitad pues no somos seres completos sin ella.

Lo que tenemos aquí es una imagen, una percepción del ser humano sobre sí mismo, una que comparten muchas personas aún en la actualidad y que se expresa poéticamente como la idea de la “media naranja”. Esta imagen nos sugiere que hay una necesidad en todas y todos de buscar algo más, algo que genera una sensación de completud, de integración. Nuestra tendencia a literalizar, es decir, a percibir la realidad como una construcción invariable y sólida, no sujeta a los cambios de la imaginación de la época, nos ha impedido leer el mito de Platón como una metáfora de la búsqueda de cada uno de su propia realización, del sentido en sí mismo. Esta tendencia es también la que nos ha llevado a pensar que lo masculino es aquello propio solo del hombre y que lo femenino es lo que invariablemente perteneciente solo a la mujer.

La misma liberación femenina empezó por la imagen más básica y literal de lo femenino, su representación más próxima: la mujer en sus representaciones biológicas y sociales. Este hecho es tan lógico como el hecho de que la reacción más virulenta contra este movimiento proviniera de la imagen más básica y literal de lo masculino: el hombre en su ámbito social. La modernidad había desechado la imaginación y sus subrogados como obstructores del desarrollo del pensamiento científico y valorado los logros de la razón y la producción en masa y sus beneficios; por lo tanto la mujer quiso tener también eso tan valorado en la cultura pues ella se sabía tan valiosa como aquellos hombres a quienes se les adjudicaba como naturales esos logros.

Hoy se habla de nuevas masculinidades e incluso de liberación del hombre. Al mismo tiempo, algunas feministas empiezan a preguntarse por otros terrenos de liberación de lo femenino. Al parecer cada uno está buscando eso que le falta por liberar de la opresión de la literalización. Carl Gustav Jung anunció esta búsqueda al plantear su teoría de los arquetipos. Nos permitió pensar que ellos guían a la conciencia en su búsqueda y que tanto el arquetipo femenino como el masculino nacen con nosotros como posibilidades de ese anhelo a la completud, es decir, también existe una tendencia arquetípica a su integración psíquica.

Los arquetipos masculino y femenino se han expresado en imágenes en todas las culturas y se dibujan, se veneran, se sueñan o se literalizan en los otros y las otras de nuestros amores y nuestras obsesiones. Es probable imaginar que fenómenos de época como la búsqueda de experiencias bisexuales sea una metáfora, de aquel deseo del alma por la integración. Pensarlo como patología o como mero daño moral es, nuevamente, literalizar.

El coronel Aureliano Buendía va tras la mujer porque su alma, eso que en nosotros sabe de nuestras tendencias arquetípicas y que por lo tanto sabe más que el yo, necesita de imágenes que le permitan proyectar todas sus posibilidades. Llega solo hasta la mujer literalizada porque la cultura no le ha dado más posibilidad de imaginar lo suave, lo creativo, lo misterioso y lo mágico. El coronel, el hombre, no se quedará con ninguna porque ninguna le dará la suavidad, creatividad, misterio o magia que su vida necesita pues él no tiene palabras para pedirlo, ni imágenes para imaginarlo a partir de la mujer y mucho menos en él mismo.

El coronel va en pos de la guerra porque en él existe un anhelo natural hacia el poder, el falo. Pero etimológicamente hablando falo significa luz, así como Zeus significa resplandor. La virilidad quiere resplandecer pero como no encuentra en la cultura otras maneras valoradas de hacerlo, “brilla” sus botas y su fusil y va a buscar el triunfo que le permita acceder a “las estrellas” y al poder y brillo que dan el triunfo sobre el otro.

Aureliano se siente viril como tantos dioses lo fueron. Pero cada dios tiene sus límites. En Grecia por ejemplo, incluso el incontenido Zeus sabe hasta dónde puede llegar y tiene un contacto profundo con Eros (el amor) y con Hermes (la negociación y la profundidad), incluso el terrible Yahvé reflexiona sobre la posibilidad de su poder destructivo frente a Noé. Sin otras imágenes que la virilidad literalizada en la fuerza, Aureliano y muchos aurelianos de este mundo se vuelven fríos y distantes con los niños, las mujeres y con los demás hombres (con lo infantil, lo femenino y lo masculino mismo) o, en el peor de los casos, abusadores, violadores y tramposos; encontrándose solos frente a los escasos logros en términos de sentido de su, así, empobrecida virilidad.

La creatividad es algo que nos pertenece como hombres también. No procreamos, pero es para nosotros una necesidad arquetípica crear. Esta necesidad encuentra imágenes literalizadas de la creación y de esta manera nuestra capacidad se ve reducida al crecimiento económico desmedido y la acumulación, así como a la destrucción de la naturaleza para poder seguir produciendo (nuestra burda forma de creatividad).

Pero la historia del coronel Aureliano Buendía no es tan desalentadora. Su final nos muestra una imagen sugerente: se dedica a crear pescaditos de oro. Los destruye siempre que llega a veinticinco para poder volver a empezar, parece mostrarnos que eso que resplandece (el oro de la integración, diría Jung), eso que es flexible, ágil y juguetón como un pez, que nos pone a imaginar como un pez, que fluye con el agua y goza de su propio movimiento hacia las profundidades, puede redimirnos de una vida pegada a las rígidas ataduras de la literalidad. Si bien este oficio privado de Aureliano es una imagen de la producción en cadena, es un pequeño logro para quien dedicó su vida a la destrucción.

La posmodernidad se asoma como una época desafiante de las estructuras rígidas de la modernidad en todos los ámbitos. Quizás esté abriendo el camino para que los hombres encontremos el necesario contacto con el misterio, el poder, la virilidad, la suavidad y la creatividad yendo más allá de la ilusión de la mujer como objeto y de la destrucción de la otredad como único medio para autoafirmarse.

Nuestras construcciones sobre lo que somos son productos del ejercicio de nuestra razón sobre nosotros mismos. Quizás no haya nada masculino o femenino, quizás somos simplemente seres humanos y nuestra búsqueda sea la completud de aquello que nos falta realizar. Quizás la pregunta no sea qué es ser hombre, qué es ser mujer, o cómo me posiciono frente a una mujer o un hombre. Quizás la pregunta fundamental es ¿Qué es ser un ser humano? Si esa fuera la pregunta, cambiaríamos la queja de algunos hombres conmovidos por los primeros logros del feminismo, la cual se expresa más o menos en la frase “No soy nada sin poder”, y la cambiaríamos por una pregunta que nos acogiera a todos, y a todas: ¿Qué somos sin poder, sin amor, sin creatividad, sin sueños? Eso en el caso de que ya podamos desliteralizar esos conceptos y transformarlos en imágenes vivas, brillantes y cambiantes como los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía.


[1] García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Ed. Círculo de Lectores. Barcelona, 1975, p 92.
[2] Ibíd, p. 224.
[3] Ibíd, p. 208.
[4] Ibíd, p. 225.