sábado, 23 de mayo de 2020

Apuntes para un cineforo: "La Strada" de Federico Fellini

Federico Fellini y el propósito de las piedras.

A propósito de "La Strada" (1954)


Gelsomina nos mira: La Strada, de Federico Fellini – Tiempo de Cine
Por estos días recordábamos el 164 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, quien en 1899 pubicaba “La interpretación de los sueños”. Resulta peculiar que este libro fue el menos editado de todos los suyos y el más criticado por sus propios amigos, quienes consideraban que traicionaba la investigación puramente científica al dedicarse a investigar unas imágenes tan inaprehensibles y tan dejadas de lado por la cultura occidental desde hacía tanto tiempo. Recordé esta anécdota viendo a Federico Fellini comentar en una entrevista (“A Fondo”. TVE, 1977), que tras la publicación de “La Strada” le llovieron las críticas de sus propios amigos, pues ella se alejaba de los cánones del neorrealismo, para el cual se trataba de lo sagrado de las cosas tal como eran, mientras que La Strada, a pesar de ubicarse temporalmente en medio de la pobreza y la devastación propias de la posguerra, no dejaba de deslizarse hacia lo irracional. Y es que “La Strada” nos monta en un recorrido -propio de las road movie- que va aumentando progresivamente en fantasía, personajes y acciones surreales, anotaciones sobre la religiosidad del pueblo, todo eso que, dijo Fellini en aquella entrevista, para sus colegas debería haber desaparecido con la guerra. 

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Caricatura de Fellini sobre uno de los actores con los que más trabajó.
Las biografías de Fellini nos dejan entrever que para él era imposible dejar de lado ese mundo irracional, pues hacía parte de su propia psicología; podemos afirmar que esto es así para todos los seres humanos, sólo que muchos logran desalojar esos aspectos a golpes de materialismo e intelectualismo, cosa que el director se negó a hacer o no pudo. Fellini comienza como caricaturista dibujando a los soldados aliados que se habían tomado Europa al final de la segunda guerra mundial;  algo que ya nos sugiere algunas cosas interesantes: una caricatura busca, como todo arte no descriptivo, descubrir en un trazo, en una línea, un aspecto que ni el mismo dibujado conocía, que incluso a veces rechaza. Quien haya tenido la experiencia de haber sido dibujado por un caricaturista tendrá que reconocerlo (Fellini continuaría haciendo caricaturas y dibujando sus sueños constantemente). Eso de ver un poco más allá de lo simplemente concreto será un rasgo de Fellini a lo largo de su obra, se trata de un hombre tremendamente imaginativo y con inquietudes constantes por lo que se presiente trascendente o, por momentos, esotérico. 




La joya del Neorrealismo que tardó 24 años en verse en España por ...
Fotograma de "Roma. Ciudad abierta"
Fellini será un hombre no sólo criticado por sus amigos sino por la izquierda italiana que había reconocido en el neorrealismo un brazo artístico y una herramienta de denuncia. Una de las grandes obras que da cuenta de este sentido utilitario del cine es Roma, Ciudad Abierta, de Rossellini, una película de 1954 en la que Fellini había participado como coguionista. Hablamos entonces de un Fellini que decepciona por lo indirecto de su mensaje político o, dicho de una manera más precisa, por su interés centrado en el fracaso, los sueños y la irracionalidad de sus personajes, lo cual puede ser más político que un panfleto y más realista que un edificio en ruinas aunque no suela percibírsele de esta forma.


En La Strada uno podría encontrar algunas resonancias arquetípicas, por ejemplo con Caperucita Roja, la niña entregada por la madre al lobo feroz del mundo, enviada sola y muy mal preparada. Pero más allá de esto, que podría servirnos como telón de fondo para un análisis junguiano, nos preguntamos qué quería representar Fellini en ese primer acto. El drama resulta por momentos demasiado disparatado. Uno piensa que sí, que debido a la miseria dejada por la guerra esto pudo suceder muchas veces, niñas vendidas incluso para cosas peores que anunciar la presentación de un tramposo, pero son demasiadas apariciones fantásticas y Fellini es demasiado desafiante con el realismo como para interesarse exclusivamente en contar la historia de una pobre niña de posguerra ¿Qué buscaba entonces? Quizás, en vez de retratar o reproducir la realidad, busca construir una realidad nueva tomando elementos de la existente, para dar cuenta de la existencia del misterio, ese misterio que no interesa ni a sus amigos ni a sus críticos de la izquierda del momento. Esto permite analizar la realidad desde otro punto de vista.

Hipsteria on Twitter: ""Primero me venía la idea de dibujar, luego ...
Dibujo del libro de los sueños de Fellini
Debemos tener en cuenta que Fellini fue calificado como un mentiroso profesional, es algo que sabemos por su biografía y por las entrevistas concedidas a la televisión. En una de ellas dice que su madre le reprendía por inventar aquello de que de niño huyó con un circo, pero él mismo afirma que no le importaba mucho la verdad, sino de cómo expresaba la mentira, mucho mejor que la verdad, aquello que sentía y pensaba. Y entonces puede que no sea un mentiroso, sino un fabulador, un creador de fantasía. En mi opinión, aquel invento del niño que escapa con el circo, era una premonición de lo que el adulto iba a hacer. En La Strada y en muchas otras películas aparecen estas alusiones al circo y Fellini afirmaría que, de no ser director de cine, le hubiese gustado ser gerente de un circo ambulante ¿y es que no lo fue?.

Fellini fue un creador que partía de sus propios personajes internos para proponer, así, un cine tremendamente honesto, asunto que defendió hasta el final de sus días al decir que él no podría hacer un cine que gustara demasiado porque quería “hacer más” (en una entrevista dice que no podría hacer lo que hace Spielberg, gustar tanto). Esto de que su cine está basado conscientemente en su propio movimiento psíquico lo atestigua el hecho de que, durante el rodaje de La Dolce Vita,  los actores decían que perdían el tiempo aprendiéndose los guiones pues a la mañana siguiente Fellini llegaba al set diciendo que había tenido un sueño que lo cambiaba todo. Ese mundo de sueños, los que dibujaba cada día en su libreta, fueron la fuente de muchas de las escenas de sus películas, pero además lo llevaron a la consulta del analista Ernst Bernhard, judío alemán que se había establecido en Roma e introducido el psicoanálisis junguiano en Italia. Con él analizaron sus sueños y abrieron, aún más, la caja de pandora del respeto hacia lo irracional (sobre este tema y sus implicaciones para la vida y la obra del artista, me extenderé en mi conferencia dentro del seminario por los cien años de su nacimiento. Para mayor información e  inscripciones hacer click aquí).

En La Strada asistimos a todo este despliegue de personajes que llegamos a amar y a odiar como lo hacemos con fragmentos de nuestra propia psique. Gelsomina parece tener algún tipo de deficiencia mental, es algo que he leído en varias críticas a esta película y es posible que pudiésemos comenzar por ahí, sobretodo porque la madre despliega todo un conjunto de reacciones histéricas durante su breve aparición. Sin embargo este aspecto aparece como mero  soporte de otros asuntos y por ello  podríamos dirigir nuestra mirada a lo que sí se desarrolla extensamente en la cinta, a saber, la relación entre Gelsomina y el mundo a a través de todos los personajes con los que va entrando en contacto, cosa que no hubiese sucedido nunca de no ser vendida a Zampanó.


Here he is: Zampanò! | SP Film Journal (con imágenes) | Federico, CineZampanó, por supuesto, parece ser el macho primitivo, el lado masculino menos desarrollado del que todas y todos tenemos huellas en nuestro inconsciente y que, en algunos casos, es el único lado masculino que desarrollamos. Algún crítico asociaba esta historia con la de La Bella y La Bestia, pero me parece que la comparación falla debido a que, en este caso, la bestia no se transforma. Sí, a Zampanó le pasa prácticamente nada en el sentido de que no logra entender la dimensión de lo que está experimentando, al parecer simplemente replica la historia de lo que sucedió con Rosa, la hermana de Gelsomina y se dedica a repetirse a sí mismo una y otra y otra vez, tanto como repite su acto de romper cadenas (esa literalización bufa de lo que no logrará hacer en sí mismo). ¿Se trata de un psicópata? –se dice que una característica de los psicópatas es que nunca cambian-, podría ser, sus lágrimas en la playa, al final, podrían producir en nosotros la compasión que producen las lágrimas del psicópata aparentemente arrepentido, pero que, en el fondo, sólo llora por la pérdida de su juguete, por no haber sabido explotarlo mejor; en el fondo puede presentir su propia maldad pero ¿sabrá transformarla?, durante estas horas de existencia que le conocimos demostró que no -se dice que los psicópatas no se curan, tan sólo se adaptan muy bien y Zampanó tiene este extenso campo de la masculinidad de la cantina y sus “guapos” para adaptarse-.  

El neorrealismo italiano, el cine que surgió desde las ruinas ...Quien sí se transforma es Gelsomina. Ella, que apenas si sabía que existía un mundo aparte del mar descubrirá la vida, el disfrute, la risa y, con El Loco, la posibilidad del propósito, lo único que puede dar dirección y algún sentido al hecho de estar aquí. Así como en “Tan lejos y tan cerca” de Wenders (ver reseña del cineforo haciendo click aquí), los personajes se alegraban al descubrir su propósito “nosotros fuimos los que fuimos encontrados”, aquí ella encuentra un sentido para su vida en cuidar a Zampanó, incluso alcanza a asomarse a un poco de amor por él. Pero claro, se trata de Fellini, no podemos buscar en él el dulce final hollywoodense de la bella y la bestia, mejor nos lleva hacia el final original de caperucita roja, quien según algunas investigaciones sobre la versión más antigua, termina devorada por el lobo junto con su abuela y no rescatada por el cazador como tanto nos gusta. La película decepciona a quien busque justicia con Gelsomina y, peor aún para quien eso busque en esta película, le undirá en el malestar y la rabia por no poder verla empoderada y libre, algo que desafortunadamente ocurre a tantas mujeres en este mundo de Zampanós. Muchas personas dirigirán su frustración hacia Zampanó y muchas otras hacia la misma Gelsomina, lo que les impedirá comprenderla y, en cambio, les llevará a revictimizarla, otra cosa que ocurre una y otra vez en nuestro mundo. Magníficos resultados de esta película pues, si el cine no sirve para entrar en estos conflictos ¿para qué sirve?.

Así como el papel de El Loco resulta trágico pero tremendamente rico en propósito: está ahí para dar impulso a la vida de la simple Gelsomina, Gelsomina está ahí para, también trágicamente, recordarnos que sólo alcanzaremos a comprender lo que en nuestros límites quepa comprender. La exploración de lo trágico de nuestra vida será el objetivo alcanzado, algo de lo que nadie quiere hablar en esta época de seminarios de felicidad y métodos para alcanzar la perfección de lo, por naturaleza, imperfecto (los seres humanos). Fellini entonces nos recuerda que hay vidas, casi todas, presiento yo, que pueden satisfacerse en haber conocido el mundo y su infinita variedad: el circo del mundo, y dentro de ese circo, un propósito. Y si hasta una piedra tiene un propósito, entonces Gelsomina, tu y yo, podemos tenerlo, aunque no terminemos siendo ni perfectos, ni completos ni desarrollándonos “idealmente”. 

Lisímaco Henao Henao.
Psicólogo U. de A. (Medellín 2000)
Master en Psicología Analítica U.R.L. (Barcelona 2003)
Analista Junguiano IAAP-SCAJ (Copenhaguen 2013)
Supervisor didacta IAAP (Bogotá 2018)

Amazon.com: 27 x 40 Póster de la película La Strada: Home & Kitchen

viernes, 22 de mayo de 2020

Apuntes para un cineforo: "Aquarius" de Kleber Mendonça Filho

El alma del mundo y el mundo sin alma

Acerca de la película "Aquiarius" de Kleber Mendonça Filho (Brasil, 2016)

Puedes ver la película haciendo click aquí



Los alquimistas decían haber descubierto el camino para liberar al alma atrapada en la materia; para ellos cada objeto de su laboratorio tenía una forma específica que les recordaba de lo que ese objeto estaba dotado, la cualidad del espíritu que emanaba de él. Se trató de un grupo de personas perseguidas bajo la acusación de herejía, ya que a espaldas de la iglesia católica, llevaban a cabo una serie de rituales y utilizaban unas imágenes que, a aquella, le parecía que iban en contra del canon establecido. Luego vino la modernidad y la experimentación científica en el siglo XIX, naciendo entonces la química. La química tomó los descubrimientos más útiles de la alquimia tales como los instrumentos del laboratorio, muchos métodos de trabajo y, sobre todo, su descubrimiento de siete elementos químicos básicos. Todo lo demás fue arrinconado en el basurero de la historia y tratado como mera especulación o, peor, superchería barata. 


El alquimista - Revista Esfinge
"El alquimista ante el descubrimiento del fósforo". Joseph Wright 1771
Sin embargo en el siglo XX un psiquiatra suizo llamado Carl Gustav Jung retomó la investigación en el punto donde los alquimistas la habían dejado. Jung tuvo la visión suficiente para descifrar los códigos y claves de los alquimistas y dar con una realidad que, hasta ese momento, nadie había podido descubrir: que todo en la alquimia se trataba de la comprensión, a través de la materia, de procesos simbólicos que también se daban en el ser humano. Ya que los alquimistas escribían en clave para protegerse de la iglesia, Jung hubo de convertirse no sólo en uno de los mayores coleccionistas de libros alquimistas de toda Europa sino también en un gran hermeneuta. Así, haciendo extensas comparaciones y poniendo su mente y su corazón al servicio del misterio, pudo darse cuenta de que la alquimia compensaba un gran error del cristianismo, a saber: el abandono del cuerpo y de la materia por considerarlos depositarios de lo demoníaco (Joseph Campbell afirmó alguna vez que, al ser calificada la serpiente como forma del demonio, los occidentales desarrollamos una religión con una visión negativa de la naturaleza). La alquimia, en cambio, revaloraba a la naturaleza en todos sus sentidos, de tal manera que el cuerpo en general y la sexualidad en particular - que habían sido concebidos como cárceles del alma o como elementos que obstruían el desarrollo espiritual-, recibían una nueva atención. Jung, comprendiendo todo ello, retomó intuiciones del renacimiento y volvió a hablar del “anima mundi” o “Alma del Mundo”, un concepto que nos dice que todas las cosas están dotadas de una vida propia (animadas) y, también, de partes de nuestra vida.

En mi opinión, uno de los grandes temas de la película Aquarius es esta valoración del alma de las cosas o de la vida narrada por los objetos. Cada objeto en la casa de Clara y en la película misma está dotado de alma, da una constitución particular a su vida y sostiene la historia de muchas vidas. Se que la película tendrá muchos sentidos para muchas personas, si no fuera así no sería una verdadera obra de arte, pero a mí me llegó como un rayo esta nostalgia, este deseo por conectarme con las cosas y con su importancia que siempre me ha acompañado. En vez de un comentario extenso, he decidido simplemente basarme en los objetos de la película como argumentos en favor de mi opinión. 

1. La cómoda de madera. 

Ese mueble inerte está lleno de vida. Lo vemos por primera vez durante la fiesta de cumpleaños de Lúcia, esa reunión amorosa iluminada por las palabras de los sobrinos que exaltan a esta mujer especial, exploradora y revolucionaria, esa tía rara que, según James Hillman, todos necesitamos para
que nos muestre que hay muchas y variadas formas de ser, esa tía que luego pasará a ser la misma Clara, esa que en los entornos familiares valida la diversidad y la gran paleta de colores que puede significar ser un individuo. Aquí podemos encontrar algunas raíces de porqué Clara va a ser de una mente tan abierta frente a la homosexualidad de su hijo y a su propia sexualidad. Pero esta cómoda, este mueble, este pedazo de madera, es mirado continuamente por Lúcia mientras sus sobrinos hablan, como si quisiera decirnos con esa mirada que las bellas palabras dicen mucho, pero que ese objeto está hablándole a ella de su propia vida, de sus placeres, de sus búsquedas en medio de una revolución sexual que fue una revolución vital para muchas mujeres, algo que ella hará notar cuando toma la palabra. La cómoda estará presente de principio a fin de la película porque en esa misma casa familiar continuará viviendo Clara, y en varios encuadres nuestra atención será dirigida hacia el mueble. Heredar este mueble significa dar continuidad a búsquedas femeninas en ese entorno familiar. La cómoda, ahora al lado de la puerta, sigue siendo testigo de las luchas de Clara por ser ella misma, luchas que, según algunos, podría seguir llevando a cabo en otro apartamento, en uno con cámaras de seguridad y más comodidades, pero que para ella y para esa cómoda, sólo se viven allí, en el lugar de las paredes vivas.

2. LA CASA. 

Esto nos lleva a la casa, quizás el objeto mayor. ¿Han visto ustedes caerse una casa por abandono?. Es dramático. No se si se trate sólo de falta de mantenimiento físico, pareciera tener que ver con el abandono mismo, con una casa que se derrumba, que sufre, que decide morirse tras haber sido abandonada. Yo mismo tengo esa experiencia con la casa en que crecí y un día hube de derramar profundas lágrimas en el lugar de su destrozo. Aquí la casa es protagonista tan principal como la misma Clara. Esto es anunciado en la canción de cumpleaños que se canta al piano en dos ocasiones, en el aniversario de Lúcia y en el de Ladgane: recordémosla:

“Saludamos el gran día, que hoy conmemoras
Sea la casa donde vives
La morada de la alegría
El refugio de la buena fortuna
Felíz aniversario”.

Película: Aquarius - ENFILME.COMSe nos dice, de esta manera, que aquí de lo que se trata de es de una morada del alma y su fortuna (que aunque siempre esperamos que sea buena puede no resultar, debido a que La Fortuna es una diosa que reparte suertes según lo que cada uno necesita, no según lo que cada uno desea). Se trata, entonces, de algo más que ladrillos, cemento y pintura. La casa nos habla del paso del tiempo, ella sabe más de nosotros que nosotros mismos, cuando queramos recordar algo de la infancia bueno sería sentarse en el rincón de siempre y la casa nos susurrará al oído lo que necesitamos recordar, o pasar delante de esa casa. Ella no oculta nada, todo lo sabe y todo lo denuncia: una habitación recuerda el robo por parte de la muchacha del servicio y la cocina el sinnúmero de problemas que se han resuelto allí. La casa puede estar triste o alegre. Cuando está triste bueno es hacerla pintar, Clara lo hace porque escucha a su casa, es su amiga y confidente. A la casa no entra cualquiera. Los hombres que no saben más que de Bussines y que no saben del alma de las casas se quedan afuera. 

La casa sabe cosas. La sala y su sofá saben de ese momento de activación de la potente sexualidad de Clara. El momento en que sucede es decisivo: en el departamento de arriba se celebra una orgía, otro mecanismo de presión para que ella abandone la casa, entonces Clara llamará al Giggoló ¿se trata tan sólo de una activación instintiva?, en el ser humano, de manera diferente a como sucede con otros mamíferos, esto nunca sucede desarticulado del todo, por más que podamos acallar a ese todo por un tiempo. Se trata, junto al instinto sexual, de la activación de una necesidad profunda de activación arquetípica del animus, de lo masculino. Se va a necesitar la fuerza masculina que establece diferenciaciones claras y que permitirá a Clara decir finalmente “prefiero dar cáncer que recibirlo”, y defender su justicia y su dignidad, devolviendo las termitas que atentaron contra el alma de la casa y contra la suya.

¿Qué tanto influye el alma de la sala de tu casa en la selección del tipo de temas que allí se tratarán y resolverán?. En esa sala la hija puede quejarse, la madre puede defenderse; la hija habla del abandono que sintió, la madre se defiende hablando de todos los esfuerzos ignorados y el hermano ofrece una solución: tomar de la biblioteca el libro en el que la madre les pide perdón por la ausencia. ¿Tendrá algo que ver lo que sucede aquí con el influjo invisible del alma colectiva inserta en la casa?

La casa ingresa en nuestros sueños. Soñamos con nuestra casa pero también soñamos con partes de la casa que desconocemos. Comunmente se dice que se refiere a partes de la psique desconocidas para nuestra alma, pero también pueden tener que ver con partes inconscientes de la casa misma, partes que aún no hemos vivido intensamente, extensiones del alma de la casa que aún no hemos leído. Allí, en ese cuarto, vuelve a aparecer la empleada que robó pero, eso sí, viene a alertar sobre el cáncer que se avecina, que no es ya el cáncer de clara, es el cáncer de la casa que tiene unos culpables muy precisos.

Otros objetos que pueden ser tratados como la casa serían el sitio de baile, la playa y el restaurante, lugares llenos de alma en los que se encuentran los de siempre y las de siempre, esas conversaciones, esa complicidad de quienes han asumido su edad y el paso del tiempo. Donde se le dan permisos Clara y se le cuida de los tiburones, donde el periodista puede dar una mano. Los lugares prestan su alma, al alma de los encuentros.

3. Discos y Casettes. 

Crítica de “Aquarius”: cada objeto es una historiaDentro de un L.P. Clara encuentra toda una historia. Ese L.P. tiene valor porque suena de una manera determinada… pero no es sólo eso, Clara acepta sin problemas el streaming y la U. S. B. que pueden transmitir el alma de la música tanto como otros medios, pero no ha logrado que esos nuevos aparatos tecnológicos le cuenten historias como la de ese disco que compró hace años, esa música que dolió y ayudó a sacar el dolor, la que se danzó con el difunto esposo, esos pedazos de plástico y tecnología hablan desde su lugar y, si uno realmente vive con ellos, habita con ellos, puede escuchar cuando le piden que los reproduzca. Clara no rechaza la modernidad, lo que rechaza es la forma desalmada en que desean que elimine de su vida lo que le da sentido.

4. El Piano. 

Donde se canta cada aniversario, incluso el de la empleada que ya es familia y pertenece tanto al lugar como Clara. Porque en este juego alquímico del alma de las cosas, tendríamos que llegar a comprender también la forma como nos influye el habitar conjuntamente. Comenzamos a pertenecernos, pero también comenzamos a pertenecer a los objetos tanto como ellos a nosotros. Pertenecemos a esa casa, nosotros y quienes hayamos vivido suficiente tiempo allí. Ese piano presta su alma a la celebración de la vida de una mujer que ha trabajado allí por su bien y el de los habitantes. Ella ha sido tomada en cuenta por esa historia compartida, por esas personas a quienes sirve. Aunque se deja entrever esa relación burguesa entre empleados y empleadores, también es cierto que algo de eso se llega a romper con la visita a aquellas otras casas del “lado pobre”, a esas otras casas-almas, con su propio estilo y particularidad (con su propia riqueza entonces).


5. Tumbas y cementerios.

Necesitamos que nuestra alma descanse en un lugar con alma. Por eso el cuidado de las tumbas, ellas nos ayudan a recordar, a pasar por el corazón el amor y el conflicto de la vida en común. Nos recuerdan los huesos, los restos. Las tumbas hablan a nuestra alma de la gran verdad de nuestra transitoriedad, de lo pasajeros que somos.


6. Carros (autos).

Alguien pregunta ¿porqué esa importancia que antes le daban a tomarse fotos con el carro?. Obviamente eran objetos cargados de alma, tremendamente importantes por ser personajes en la familia, se les ponía nombre y uno se sentía orgulloso de un compañero como ese.





Finalmente, estas ideas pueden resultar muy extrañas para algunas personas, sabemos que proyectamos en los objetos partes de nuestra alma -como en el ejemplo que di de los sueños con casas-, pero poco nos permitimos sospechar acerca del alma de las cosas por sí mismas ¡quizás porque nos encanta hacer depender todo de nosotros! pero podría ser una forma nueva de amar al mundo, a sus cosas y sus seres, de cuidar entonces del planeta y de nuestros inventos, podríamos regresar, así al ANIMA MUNDI, al alma de las cosas, al espíritu atrapado en la materia. 

Lo que tenemos en definitiva es la presencia del arquetipo del Ánima, de lo femenino representado, por ejemplo, en Clara como Artemisa, esa diosa no sólo de la sexualidad sino también de la belleza de las cosas, del cuerpo del mundo. Se trata de un femenino "sano", que sabe tratar con lo masculino, la escena más representativa de esto es cuando ella pregunta los nombres y saluda a los dos obreros, ganándose con ello el derecho a ser auxiliada por ellos más adelante (le avisan de las termitas). Porque lo femenino que sabe tratar con lo masculino lo tendrá siempre como aliado y, por supuesto, viceversa.


Lisímaco Henao Henao.
Psicólogo U. de A. (Medellín 2000)
Master en Psicología Analítica U.R.L. (Barcelona 2003)
Analista Junguiano IAAP-SCAJ (Copenhaguen 2013)
Supervisor didacta IAAP (Bogotá 2018)

Doña Clara (Aquarius) - Película 2016 - SensaCine.com


miércoles, 20 de mayo de 2020

Apuntes para un cineforo: "Tan lejos, tan cerca" de Wim Wenders

SER Y NO SER UN ÁNGEL.


Comentario sobre la película “Tan lejos, Tan cerca” ("In weiter ferne so nah", Wim Wenders, 1987)


¿Cómo podemos imaginar a un ser que vive por fuera del tiempo humano?
¿Cómo imaginamos que es vivir al margen de las emociones humanas y las lágrimas?
¿Qué tan inútil puede uno sentirse si no es más que un mensajero y no tiene en sus manos ninguna acción “real” más que inspirar un poco de luz?
¿Qué pasaría si un ser de esas dimensiones y características intentara vivir en un mundo como el nuestro, limitado por el tiempo, complejizado por las emociones e inundado de situaciones que requieren acción?

TAN LEJOS, TAN CERCA de Wim Wenders en 8madrid TV - YouTube
Estas parecen ser las preguntas que nos salen al encuentro en esta película. Un ángel, un ser que vive en un tiempo eterno, que puede abarcar con una mirada desde la serpiente enroscada en el árbol hasta la difusión mundial de un virus en 2020, un ser que debido a la carencia de un cuerpo físico no puede percibir las emociones humanas, las lágrimas y la confusión del miedo, el empuje de la valentía o los riesgos del vino, está cansado de ser tan sólo una pequeña luz de inspiración, sobretodo porque ya aquellos a quienes va dirigido el mensaje han dejado de ver y la inspiración, si acaso, les alcanza para dedicar su energía a la acumulación de una satisfacción local y limitada: la que da el dinero, para ellos el tiempo se ha convertido en dinero. El director ha creado para nosotros una clave de colores para que comprendamos los mundos que dibuja. El universo de los ángeles, su visión, se presenta en blanco y negro, el color está reservado para las experiencias humanas, con esto parece querer decirnos que el mundo de lo no experimentado es así, plano, apenas dimensionado una sola combinación, el gris. El mundo de los seres humanos en cambio, su visión, su gozo y su tragedia, está representado por las tomas en color, porque así son las emociones, nadie realmente siente sólo en gris o en blanco o negro, incluso el más depresivo puede sentir un azul, un verde o un violeta fríos. 

Nuestro protagonista es un ángel llamado Cassiel.  Cassiel se encuentra en la mitología judía, cristiana e islámica, representando emociones muy básicas. Su nombre significa “la velocidad de Dios”, “la ira de Dios” o simplemente “la lamentación”. Se dice que si es que se les permitiera a los arcángeles intervenir de alguna manera en la historia humana, sería Cassiel el más castigado pues él es apenas el mensajero y nada más, mensajero y observador. En este sentido vendría a emparentarse con el movimiento psíquico de la comunicación interior entre consciencia e inconsciente, entre los diversos aspectos del ser humano que, en Grecia, se representó por Hermes, el mensajero divino. Quizás por eso Cassiel significa, como dije “la velocidad de Dios”.

Al principio de la película se nos muestra un Cassiel cansado de estar al margen, por lo que comienza a sentir un vívido deseo de volverse humano, de vivir una experiencia humana, de ser un espíritu en una experiencia humana, como suele decirse hoy popularmente. ¿Cómo es llorar? ¿Cómo es sangrar?, se pregunta la lamentación de Dios. Tal como sucediera en la primera parte de esta historia, en la película de Wenders “El cielo sobre Berlín” (1987), el ángel puede hacerse humano; en aquella ocasión había sido Daniel el que habría llevado a cabo tal experimento, sí, el pizzero de nuestra historia, lo cual explica porqué sabía tanto de aquello por lo que estaba pasando Cassiel (las dos películas dejan entrever que Peter Falk y el cantante Lou Reed, quienes actúan como ellos mismos, también lo fueron. “El cielo sobre Berlín” tiene la siguiente dedicatoria: “A quienes un día fueron ángeles”). Este experimento, lo veremos, resulta desastroso ¿por qué?

Tan lejos, tan cerca (1993) Película - PLAY Cine
Cassiel se ha convertido en un espíritu puro viviendo una experiencia impura, podríamos decir. El mundo humano es contradictorio y la mirada humana es, siempre, sumamente limitada, por eso salvar a un hombre de morir y recibir su agradecimiento, puede significar encontrarse haciendo parte de un grupo mafioso que negocia con armas y películas pornográficas, así como, jugar ingenuamente en una estación de tren a “dónde está la bolita”, puede significar ser apresado por la policía; incluso algo tan “positivo” como el juego puede resultar, repito, en el mundo humano, desastroso ¿o no han visto ustedes las muertes físicas y psicológicas causadas por la afición al futbol o por las diversas formas de ludopatía?. Sí. Este mundo humano no va en blanco y negro, no podemos ir por ahí radicalizados en que esto que es bueno ahora o para mí, siempre lo será en todo tiempo o para todo el mundo. Pero Cassiel sí que será víctima de ese pensamiento plano e ingenuo que trae de ese otro mundo de mensajeros y observadores, motivo por el cual aquí, en nuestro mundo multicolor, tendrá que implicarse tanto con la vida como con la muerte, con el llanto como con la decepción, con la desesperanza y el miedo, como con la alegría y el canto, con la amistad, la fraternidad, la esperanza y la confianza. 


Tan lejos, tan cerca', un filme sensible y humanista de Wim ...También vamos a conocer a Raphaela. Ella, por supuesto, es el ángel compasivo de la sanación, el arcángel Rafael de la mitología hebráica que aparece en el libro de Tobías sanando mediante elementos naturales, es por ello que su primera aparición en la película es la de la consolación del moribundo a quien dirige unas hermosas palabras mientras él va comprendiendo, poco a poco, que debe cruzar el umbral. Ella representa quizás otro momento psíquico en el que podemos abandonar el mundo de nuestras variopintas emociones para ingresar en la pausa temporal o final: el sueño o la muerte, el viaje cíclico hacia lo inconsciente de la vida. Wenders ha decidido representar a Raphael con la hermosa Natassja Kinski y, entonces, llamarle Raphaela. Con ello llama la atención hacia un hecho antiguamente conocido, a saber, el carácter andrógino de los ángeles, que pueden ser tanto masculinos como femeninos, lo cual nos habla directamente de su carácter primario y primitivo, son como niños en los que aún la bisexualidad biológica no ha dado lugar a la diferenciación genérico-cultural. Esto refuerza la idea que nos trae la película de que, en el momento en el que un ángel pasa a este plano, es forzado a salir de una cierta ingenuidad infantil, la que considera al mundo simple y básico (blanco o negro). Incluso hay una experiencia previa, un relato arquetipal de esta transgresión y sus nefastos resultados: en el libro de Enoc se cuenta cómo los ángeles no resistieron la tentación de la belleza de las mujeres humanas y decidieron copular con ellas, como resultado nacieron los gigantes y todos fueron castigados por Dios. Un gigante representa simbólicamente una exacerbación del instinto, un exceso o un desborde sobrehumano, por ello diversas mitologías hablan de gigantes en el inicio de los tiempos, es decir, un dominio de lo inconsciente sobre la consciencia en sus orígenes. De todo esto se extrae la conclusión de que, en su desarrollo, la psique tiene que pasar por un doloroso proceso, desde una inconsciencia infantil, hacia una consciencia madura, gracias a la cual nos damos cuenta no sólo de la escala de grises, sino del colorido espectro que va desde el infrarrojo, hasta el ultravioleta, desde lo más instintivo hasta lo más espiritual, desde lo más literal hasta lo más simbólico. Un espectro que nos acompañará toda nuestra vida y que no puede ser superado sino asimilado como realidad, una consciencia de la diversidad que, al ser negada, nos lleva regresivamente a un estado infantil o a la muerte. Pero Cassiel, recordémoslo, incluso en algún momento arrepentido, ya no puede regresar, simplemente porque ya salió de allí y probó, como Adán y Eva del fruto prohibido, del conocimiento de las diversas formas del bien y del mal y porque, ya para cerrar, ha conocido el tiempo, ha entrado en el tiempo de los seres humanos.

El olor de lo invisible: ¡Tan lejos,tan cerca!, una película de ...Pero no podemos irnos dejando de lado al último ángel protagonista. Ese oscuro ángel por momentos parece ser Lucifer, el ángel caído, pero a través de su nombre y de sus declaraciones nos deja pistas sobre su verdadera naturaleza: su nombre es Emit, es decir, el tiempo invertido. ¿Por qué invertido? ¿Qué se nos quiere decir con este personaje?. Él parece emparentarse con la lógica arquetípica representada en Grecia por el dios Apolo, debido a dos elementos: el uso de las flechas (Apolo es  el dios flechador, el de la muerte dulce, el que mata a distancia) y su discurso sobre la necesidad de castigar a aquellos que mezclan las cosas, que pasan el umbral, que se atreven a sobrepasar los límites naturales. En ese sentido también es el Apolo de la distancia y la objetividad, recordemos que la gran misión del dios griego es separar a dioses y hombres. Esta función, mezclada con su deseo de regresar las cosas a su lugar, de finiquitar y, acaso, de castigar una transgresión, lo emparenta tanto con el tiempo como con la muerte. Un ángel de las normas universales a las que no podemos escapar. 

Emit es el guardián de un tiempo sin compasión con los seres humanos, Raphaela le dice que está enamorado de la oscuridad y quizás, por ello, lo vemos como guardián de un tiempo al revés, no del que avanza hacia adelante, sino de un tiempo que desea la regresión de todas las cosas hacia su oscuridad o su destino primordial, lo hace con Cassiel y quien sabe si no lo estará haciendo para con todos nosotros. Hoy en día tenemos a Donald Trump desacelerando las medidas de protección de su pueblo contra la pandemia con el objetivo primordial de no desacelerar la economía, es decir, permitiendo la muerte de muchos con tal de no dejar morir la bolsa donde se mide la vida, esa vida medida en dinero. Así, este personaje inconsciente consigue avanzar hacia la oscuridad, hacia la inversión de la vida, hacia la muerte. Finalmente recordemos que el mismo Emit va a declarar: “dicen que el tiempo es dinero y no, el tiempo es la falta de dinero”. Trump, como Emit, teme perder el tiempo al perder el dinero. 

Emit en nosotros es esa fuerza regresiva que manipula el tiempo a favor de la materia y no del alma, Raphaela es esa que en nosotros recita la palabra compasiva frente al sufrimiento y la enfermedad y Cassiel, bueno, Cassiel es nuestra inconformidad infantil que tendrá que aprender a crecer. 

Lisímaco Henao Henao.
Psicólogo U. de A. (Medellín 2000)
Master en Psicología Analítica U.R.L. (Barcelona 2003)
Analista Junguiano IAAP-SCAJ (Copenhaguen 2013)
Supervisor didacta IAAP (Bogotá 2018)

Tan lejos, tan cerca (1993) - Filmaffinity

martes, 19 de mayo de 2020

Apuntes para un cineforo: “Cómo ser John Malkovich” de Spike Jonze

“La angustia es el precio de ser uno mismo”*

Acerca de la película “Cómo ser John Malkovich” ("Being John Malkovich", Spike Jonze, 1999)


¿Qué es la identidad?, en términos generales la definimos como el hecho psíquico de ser una persona y no otra, de desarrollar unas características que nos diferencian como sujetos. Para caracterizar la manera como esa identidad se juega en el terreno del mundo de los otros, Jung da con el arquetipo de la Persona o la Máscara, la que define como el Yo social. Es probable que nos encontremos frente a una película que ha logrado tocar de una manera muy profunda este concepto de la Persona, la máscara que como actores nos ponemos para enfrentar cada situación, pero sin dejar de lado un problema aún más profundo que la Persona misma: el hecho de que la identidad no puede basarse tan sólo en lo que los demás esperan de uno o en lo que a uno le gustaría ser para otros, el hecho de que la identidad, ese conjunto de características que nos diferencian, tiene raíces que se extienden hacia nuestra naturaleza más profunda, la más arquetípica digamos. 

De la vida de las marionetas: ¿Quieres ser John Malkovich?, de ...

Los personajes principales de la película han llegado a los cuarenta, esa edad en la que ubicamos la gran segunda revolución de la personalidad, la primera se habría producido en la adolescencia con las típicas preguntas sobre el quién soy yo, preguntas que regresan esta vez con una contundencia mayor, ya que lo que se tiene hasta el momento parece satisfacer tan sólo un aspecto, el externo. El matrimonio de Craig y Lotte ha caído en la monotonía y ella ha dirigido toda su energía hacia los animales, incluido el simbólico chimpancé bajo psicoanálisis de un trauma infantil. Craig se acerca a la mediana edad pero se resiste a cuestionar profundamente sus habilidades, su suerte o la oportunidad que el mundo le puede ofrecer para ganarse la vida como titiritero, simplemente espera, la oportunidad llegará cuando pueda robarse la fama de otro, el cuerpo de otro, la identidad de otro. 

Porque el gran problema de la identidad, de la propia diferenciación, es no sólo reconocerla sino además, aceptarla creativamente. Pero en esta historia todos los personajes parecen encontrarse en un momento en el que no logran elaborar la verdad sobre sí mismos y están buscando la salida fácil de la imagen externa, como si se preguntaran ¿cómo quién debo ser para sentirme bien?, esa pregunta parece sustituir a la pregunta fundamental ¿cómo sentirme bien con quién soy?. Ni siquiera el anciano Lester ha aprendido a vivir con quién es, de hecho ha sido muchos para no tener qué envejecer y renunciar a la lascivia juvenil. Va de cuerpo en cuerpo evitando la vejez, la muerte, en general, la fragilidad. Pero además es como un virus pues ahora, cansado de estar solo en esa vida de sustituciones, ha contagiado a otros ancianos para que hagan juntos el viaje de la veleidad. 

Quieres ser John Malkovich? - OnDIRECTV - YouTubeEste cuadro, ¿no les parece a ustedes demasiado conocido? ¿No es una lectura de las actuales salidas a esa profunda angustia de tener que ser uno mismo con la cara que tiene, el dinero que tiene, la inteligencia que tiene, el cuerpo que tiene, la sexualidad que tiene?. Es una buena lectura me parece a mí. La declaración de Lotte acerca de buscar a un doctor que la convierta en hombre, es el resumen de todo lo que pasa en la película. Todos queremos ser John Malkovich en alguna ocasión, lo mismo sería decir querer ser cualquier estrella de cine o, no lo olvidemos, cualquier vecino que hayamos creído en algún momento que vive mejor que nosotros. Recuerdo que alguna vez una paciente que se sentía muy mal consigo misma, me confesó que navegaba por las redes sociales de Jeniffer López y se preguntaba cómo había logrado esa mujer ser tan feliz y no tener ningún sufrimiento. La imaginación puesta en el afuera nos lleva muy lejos de nosotros mismos e incluso falsea al otro, lo idealiza, nos hace olvidar que ha sufrido, sufre o sufrirá y quizás de maneras peores que las nuestras.

 Al principio de la película Craig, hablándole al chimpancé mientras ve en la televisión a los que sí han triunfado como titiriteros dice “La consciencia es una maldición terrible, pienso, siento, sufro y lo único que quiero a cambio es poder hacer mi trabajo”. Jung afirmó también que la consciencia es un gran privilegio pero además un castigo, que ser consciente es muy doloroso pues en tanto más consciente se es, más aspectos difíciles se tienen que aceptar de la propia naturaleza. Sabemos que más que seguros, perfectos y ciertos, somos erráticos, inciertos, equívocos, mortales y susceptibles a la enfermedad. 

Quien parece salvarse (entre comillas), de toda esta angustia es Maxine ¿qué tiene ella que hace que simplemente pase sobre las circunstancias moviéndose según la marea y disfrutando cada momento? ¡Parece el ser ideal! Pero muy por el contrario lo que se muestra mediante el personaje Maxine es esa salida psicopática que tiene que ver con no dejarse tocar ni del dolor del otro, ni de su dificultad, la respuesta de ella es vivir por el propio placer, un narcicismo que imita la identidad pero que tampoco la logra pues se aparta de lo que nos hace humanos: la empatía. Su frialdad sólo se compara con su instinto de autosatisfacción. Maxine es otro títere, es entonces, un títere de su propio deseo, algo la mueve a ella desde dentro y no podríamos llamar exactamente consciencia a eso, pues para encontrar consciencia es necesario encontrar también la consciencia de los otros y de las otras. Lo que la mueve desde dentro es su propia animalidad.

La Filmoteca de Sant Joan d'Alacant: Cómo ser John Malkovich de ...La gran metáfora usada en la película es la del mundo de los títeres. Cuando John Malkovich ingresa en su propia alma, encuentra todos los personajes posibles con su propio rostro, pero no nos engañemos, no nos están diciendo que somos los titiriteros de nuestras figuras interiores, por el contrario, en último análisis somos movidos desde dentro, por ello resulta muy conveniente estar atentos para que la consciencia regule ese movimiento y no los arquetipos o los complejos que pueden hacerlo por su propia satisfacción, como Maxine.

Finalmente resta decir que, en mi opinión, el único que resuelve algo en esta película es el chimpancé, con el que se hace la gran caricatura del ser humano marcado por su pasado. Quizás nuestra animalidad tenga respuestas, el homo sapiens primitivo que nos habita sepa más de cómo deshacer el nudo y sacarnos de esta jaula de las ilusiones. Tenemos que escuchar con más atención a nuestro pasado individual y colectivo. Allí están todas las respuestas porque allí, ya todo ha sucedido.


*El título de este apunte proviene de “Canción de invierno”, de Silvio Rodriguez.

Lisímaco Henao Henao.
Psicólogo U. de A. (Medellín 2000)
Master en Psicología Analítica U.R.L. (Barcelona 2003)
Analista Junguiano IAAP-SCAJ (Copenhaguen 2013)
Supervisor didacta IAAP (Bogotá 2018)

Quién quería ser John Malkovich? - José Santamarina - Medium

lunes, 18 de mayo de 2020

Apuntes para un cineforo: "Memento" de Christopher Nolan

En el laberinto. Memoria y subjetividad.

Acerca de "Memento" de Christopher Nolan (E. U., 2000)

Puedes ver la película haciendo click aquí



(ACLARACIÓN: La elección de las películas para los CINEFOROS CASA JUNG responde al deseo de explorar un tema en particular, más que a analizar el carácter artístico de la obra, en esto nos conducimos por el principio arteterapéutico según el cual importa la expresión, más que el arte y sus criterios colectivos.)

Analizamos Memento, de Nolan | MindiesEl Yo es una función de la psique, una herramienta que se genera en la interacción con el mundo exterior, que nos permite relacionarnos con los datos de ese mundo exterior y con las reacciones internas a esos datos. El Yo se basa entonces por un lado en la memoria, que nos da la sensación de continuidad y por el otro en el cuerpo, que informa sobre la posición en el espacio y los estados afectivos resultantes del encuentro con el medio a través de los sistemas nervioso central y periférico. En otras palabras la memoria nos dice dónde estuvimos y nos informa de un acumulado de imágenes sobre nosotros mismos, además de proveernos de una existencia temporal que se mantiene en medio de los cambios (una forma de "existencia holográfica" quizás), mientras que el cuerpo nos ofrece la valiosa percepción de existir como un volumen de tres dimensiones en un espacio también de tres dimensiones, volumen que además expresa sensaciones y afectos  diversos. La prueba de que el cuerpo es también un aspecto del Yo la encontramos en los trastornos de la imagen corporal, en los que una persona puede representar su propio volumen de una forma, incluso ver esa forma en el espejo, mientras que todo el mundo ve otra (algunos analistas junguianos nos hablan del concepto de "cuerpo psíquico", que se asocia con estas ideas).

En cuanto a la memoria es válido hacernos una pregunta inicial: ¿es la memoria como una cámara fotográfica?, ¿recordamos las cosas tal como sucedieron?, quizás no deberíamos apresurarnos en responder a esa pregunta, quizás debamos recordar esos momentos en los que uno de nuestros recuerdos fue controvertido por el recuerdo de otra persona sobre el mismo suceso (cuando otro lanza la frase “¡eso no sucedió así!”). Este fenómeno de distorsión mnémica se debe a tres factores principales: 1. las emociones que acompañan a las imágenes almacenadas 2. al poder asociativo de las imágenes y 3. al tiempo transcurrido; la ecuación resultante sería más o menos esta: a más tiempo, mayor acumulación de emociones asociadas a la imagen y, por ende, también mayor cantidad de conexiones de la imagen almacenada con otras provenientes de otros recuerdos o incluso de un imagen presente. No debemos olvidar que el carácter emocional de las situaciones es lo que hace que estas sean recordadas (a menor emoción, menor registro).

Memento, de Christopher Nolan: análisis e interpretación de la ...Además de los 3 factores mencionados hay uno más complejo que influye en la alteración de la memoria: la influencia de factores inconscientes como la disposición personal, los complejos y el interés del alma en hacerse a imágenes que le permitan continuar hacia adelante en el proceso de individuación, en otras palabras, para ser uno mismo la psique puede incluso llegar a "torcer la historia". Este es un factor que podemos llamar “de conveniencia”, así la memoria sirve al futuro y no sólo al registro del pasado, así sirve al alma y no sólo al Yo.

Para el psicoanálisis el Yo es sobre todo una construcción imaginaria, estoy de acuerdo en ello, esto que llamo “mi yo” es una condensación y amontonamiento de imágenes sobre lo que creo que soy, una precipitación especular. Existen, no obstante, emergencias en este Yo que provienen de otros ámbitos, emergencias como estas distorsiones de la memoria que nos comprueban la tesis de Freud sobre un cierto aspecto inconsciente en el Yo mismo. Sumado a todo esto, un sujeto puede encontrarse poseído por estas imágenes sobre sí mismo, es decir, no ser capaz de dudar, cuestionar o confrontar lo que cree ser, en cuyo caso nos encontramos ante una inflación del Yo o ante una patología de lo que Jung denominara el “complejo del Yo”.

MEMENTO VS. MEMENTO MORI - LITTA△KISHKINDAEn la película Memento, el Yo del protagonista comparece expresando un deseo de ordenar su mundo a partir de la memoria inscrita en el propio cuerpo (aquí cuerpo y memoria son literalmente uno), pero también aparece otro deseo: el de falsear, olvidar o alterar los recuerdos. Nos queda la pregunta de si el segundo deseo corresponderá al Yo o a otro ámbito de la psique que quiere expresarse mediante esa suplantación de la propia identidad. Algo se quiere mostrar y algo se quiere ocultar, al ocultamiento precisamente parece servir el laberinto de la memoria y el olvido, pues como afirma Mircea Eliade: "Un laberinto es muchas veces la defensa mágica de un centro, de un tesoro, de una significación. Penetrar en él puede ser un rito iniciático, como vemos en el mito de Teseo. Este simbolismo es el modelo de toda existencia que, a través de numerosas pruebas, avanza hacia su propio centro, hacia sí misma, hacia el atman, por emplear el término indio”; quizás nuestro protagonista esté siendo movido a través de esta estructura arquetípica hacia el descubrimiento de alguna consciencia de sí mismo, eso parece indicar el final de la película.

Durante el cineforo conversamos en torno a varios símbolos que aparecen en la película y a las emociones que transmiten, puesto que asistimos a una obra en la que el protagonista se plantea preguntas que tal vez cualesquiera de nosotros se habrá planteado alguna vez:

¿Y si nada de esto hubiera sucedido? ¿Y si no hubiera dicho o hecho esto o aquello?

¿Es posible siempre con fuerza de voluntad (fuerza y disciplina) retener lo que yo quiera en la memoria?

Anuncian el remake de “Memento”, de Christopher Nolan | Cocalecas ...¿Existe el significado del mundo a pesar de que yo no lo recuerde? ¿Está el mundo ahí aunque yo no lo registre? ¿Existiría el mundo tal como yo lo veo aunque yo no existiera?

¿Cuál es el papel del instinto en el fenómeno de la memoria? ¿Puede llamarse memoria a la repetición instintiva? (manejar carro) (reflejo)

¿Podemos sanar por repetición? ¿Es la repetición un intento de rescatar algo olvidado que serviría para sanar?



Lisímaco Henao Henao.

Psicólogo y Analista Junguiano.
Septiembre 29 de 2018


Cartel de Memento - Poster 1 - SensaCine.com


lunes, 4 de mayo de 2020

Hacia uno mismo. Por Paola Ayala V.


El presente artículo se encuentra alojado en el blog https://paolaayalavera.jimdofree.com/ de la psicóloga y analista junguiana Paola Ayala, quien ejerce su labor en Quito, Ecuador. Ella ha querido compartir con nuestra comunidad junguiana en Colombia sus ideas sobre el actual encierro debido a la pandemia. Los derechos del texto y las fotografías son de Paola Ayala Vera. Se puede citar el presente artículo con la debida referencia



HACIA UNO MISMO

En algunas culturas antiguas para que un miembro de la comunidad pueda ser llamado sabio o el sabio de la comunidad, debía entre otras cosas pasar por un tiempo de encierro que era considerado como un proceso de iniciación espiritual, que tenía como objetivo crear un espacio para incrementar la experiencia interna y de está manera recordar antiguas heridas, removiendo así el mundo emocional del individuo, conduciéndolo a contactar con espacios de su propio psiquismo hasta el momento desconocidos, en este proceso se ponía a prueba el valor del aspirante, la capacidad de realizar una renuncia al status quo. Este tipo de sacrificio promovía que dentro de la persona se encontrara algo valioso,  que lo cambiaría para siempre.  Surgía entonces la sabiduría, un conocimiento más allá de lo intelectual, que proveía a la persona respuestas que sólo podían surgir de haber transitado el sendero del propio sufrimiento y haber sobrevivido a el.

EL MUNDO DE HOY.

Hoy nos encontramos alrededor del mundo en un encierro obligatorio, un encierro que procura precautelar la propia sobrevivencia, y  pone a prueba nuestra templanza.  Nos encontramos frente a la pérdida, hemos perdido nuestro estilo de vida tal y como lo conocíamos, hemos perdido el contacto cotidiano con el mundo exterior, ya no hay lugares de encuentro disponibles ni para el estudio, ni para el deporte, ni para el arte, ni para nada.  Aquellas afinidades que nos unían a otros en esos espacios simplemente no son posibles. Este es un momento de renuncia a muchos temas considerados como normales en nuestro mundo de antes.  Ahora sin embargo se convierten en un anhelo por el momento inalcanzable.

Este es el sacrificio que se nos reclama para dar prioridad a la salud, a la vida, con un alto precio a pagar.  El sacrificio también está relacionado con la incertidumbre en varios aspectos, entre ellos saber cuánto durará y el impacto que tendrá a nivel individual y mundial, lidiar con la incertidumbre pone a prueba todos los recursos internos de los que disponemos para mantener la cordura frente a la crisis.

¿NOS TRANSFORMAREMOS EN EL INTENTO?

Esa pregunta la tendremos que responder cada uno, el encierro nos conduce a momentos de silencio, momentos en que la única voz que se escucha es la de uno mismo. ¿Qué nos dice esa voz?, ¿Sobre qué nos habla?.  El encierro pone a prueba el gusto que podemos tener con nuestra propia compañía, el niño pequeño que en su cuna se entretiene jugando con su propio pie es una hermosa imagen de estar feliz con uno mismo. ¿Cómo me animo cada día?, ¿Qué me proveo para mi propia felicidad?.  También estamos afrontando lo cotidiano, esos quehaceres propios para la sobrevivencia de cada día cocinar, limpiar, etc.  ¿Puedo cuidar de mí?, ¿Puedo invertir mi tiempo en aquello básico y fundamental cada día?, ¿Con qué actitud lo hago?.  El encierro también nos pone en los bemoles de la convivencia y del contacto que podemos mantener o no con quién está en la distancia; ¿Cuánto nos importa el otro?, ¿Qué es afín entre nosotros?, ¿Qué es lo que nos separa?, ¿Qué puedo compartir?, ¿Qué puedo tolerar?, ¿Con quién y cómo nos estamos relacionando?, ¿Qué es lo mínimo que espero de la relación?.  Todo está siendo puesto a prueba, simplemente porque no hay un lugar al que podamos escapar de la realidad, y nos vemos forzado a afrontarla. 

Estamos siendo sacudidos por una situación que de ninguna forma está en nuestras manos que termine, estamos siendo interpelados por nuestros propios temas pendientes, por nuestros propios anhelos olvidados.  Sí, es una oportunidad de transformarnos y encontrar en nuestro interior aquellos valores inquebrantables que conforman nuestra personalidad, aquello que no nos puede ser arrebatado por ningún motivo, ni siquiera por una situación tan dura como la que estamos viviendo.  Tal vez podemos encontrar aquello que da valor a nuestra existencia en este mundo, que nada tiene que ver con lo que se puede mostrar socialmente, pues ahora desde el encierro no importan ya aquellas cosas que daban estatus.

El sufrimiento del aislamiento inevitablemente nos lleva a lo esencial de nuestro ser.  A la conciencia de aquello que nos nutre o nos lastima, aquello que contribuye a nuestra alegría o nos genera penas, nos lleva a clarificar qué de uno mismo y qué de las relaciones construidas nos aporta la sensación de pertenencia, de realización, de felicidad.  Si hoy fuera el último día de nuestra vida, y hoy por hoy nos vemos enfrentados a esa posibilidad, ¿Es suficiente con lo vivido, lo que estamos viviendo hoy?.

La crisis no transforma a todo el mundo, porque cada uno tiene la última palabra para dejarse transformar.  Con el paso del tiempo veremos lo que hemos permitido que suceda en lo profundo de nuestro ser.



Dra. Paola Ayala Vera.
Psicóloga Clínica
Analista Junguiana
Quito-Ecuador

+593996050245

lunes, 23 de marzo de 2020

EL ERMITAÑO: Estudio de una imagen para la cuarentena.

Para estos tiempos de cuarentena global debida a la pandemia, necesitamos imágenes y símbolos que nos guíen y permitan fluir nuestra energía psíquica hacia la comprensión y transformación, sacándola de estados muy pétreos de miedo, pánico e ideas apocalípticas. El Ermitaño, así como todas las demás imágenes arquetípicas asociadas al recogimiento y cercanía con lo propio resultan muy precisas para estos momentos, aquí podemos incluir las imágenes de lo virginal, lo autofecundante y creativo por excelencia. La analista Sallie Nichols ha logrado en su libro amplificar de manera inteligente, sensible e intuitiva esas imágenes antiguas que nos ha legado la humanidad a través del tarot, un conjunto de representaciones arquetípicas sin autor conocido que, por ello, se emparentan con el mito y, podemos afirmar, nos convierte a todos en sus autores. Ofrecemos aquí este bálsamo refrescante, el agua vivificante de las imágenes arquetipales de El Ermitaño.



EL ERMITAÑO: ¿HAY ALGUIEN AHÍ?
Sallien Nichols*

Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta. Jung.

En la terminología junguiana el Ermitaño representa el arquetipo del Viejo Sabio. Al igual que Lao-tzu, cuyo nombre significa «anciano», el fraile aquí representado encarna una sabiduría que no se halla en los libros. Su don es elemental y no tiene edad, como el fuego de su lámpara. Es hombre de pocas palabras, vive en el silencio de la soledad, el silencio anterior a la creación sólo del cual puede tomar forma un nuevo mundo. No nos trae sermones, se ofrece a sí mismo. Por su simple presencia ilumina la búsqueda temerosa del alma humana y calienta los corazones vacíos de esperanza y de sentido.

Según Jung, esta figura personifica «el arquetipo del espíritu... el sentido oculto preexistente en el caos de la vida». Se distingue del Papa en que este monje no está entronizado como portavoz y arbitro de las leyes generales; se distingue de la Justicia en que no lleva ninguna balanza en la que pesar nuestros imponderables. Esta figura se nos muestra muy humana, caminando sobre el suelo e iluminando sus pasos sólo con la luz de su pequeña lámpara.

Como el Loco, es un caminante; la capucha de monje, prototipo del tocado del Loco, los conecta como hermanos en el espíritu. Pero la marcha de este viajero es más comedida que la de aquel joven loco. No mira por encima del hombro. Aparentemente, no necesita ya considerar lo que dejó atrás, asimiló la experiencia del pasado. Tampoco necesita escudriñar horizontes lejanos en busca de poderes futuros. Parece contento con el presente inmediato. Sus ojos están muy abiertos para percibirlo, sea lo que sea. Va a captarlo y lidiarlo de acuerdo con su propia iluminación.

Su lámpara parece un símbolo adecuado para la introspección del místico. Mientras el Papa enfatiza la experiencia religiosa bajo las condiciones que prescribe la Iglesia, el Ermitaño nos ofrece la posibilidad de la iluminación individual como una potencia humana universal, una experiencia no limitada a santos canonizados sino alcanzable, en algún grado, para toda la humanidad.

La llama que sostiene el Ermitaño podría representar la quintaesencia del espíritu inmanente en toda vida, el centro mismo del significado que es el fugaz quinto elemento que trasciende los cuatro de la realidad mundana. Nos ofrece esta luz interior, cuya llama dorada, por sí sola, disipa el caos espiritual y la oscuridad.

Esta llama está parcialmente oculta por una cortinilla que la protege de los elementos, y quizá también para que su brillo no ciegue al Ermitaño o deslumbre a aquellos que encuentre por el camino. Sabe que su fuego ha de controlarse cuidadosamente para que sea útil. Controlado, puede calentarle y protegerle de los animales; descontrolado, el fuego, por sí mismo, puede convertirse en una bestia rapaz que devore al Ermitaño y destruya su mundo.

Una de las cortinillas de la lámpara del Ermitaño es rojo-san-gre, de manera que la luz que se ve a su través esté en contacto con el color de la carne y de la sangre de la humanidad, teñida con las pasiones y compasiones que se destilan de la experiencia de una vida. Los otros colores de esta carta nos hablan de un acercamiento que es natural más que filosófico y abstracto. La capa del monje es azul celeste, color del Espíritu Celestial, tal como se expresa en la naturaleza. El forro es amarillo, sugiriéndonos la conexión con el «oro filosofal», esa pepita de significado enterrada en lo más profundo de la tierra y de la naturaleza humana; esta substancia preciosa que fue meta de los alquimistas descubrir y liberar. Como nos lo atestigua la llama del Ermitaño, él mismo consiguió esta meta.

Aunque se usen palabras distintas para expresar el deseo, hay hoy en día muchos que buscan ese tesoro, tanto literal como simbólicamente hablando. A nivel literal, el agotamiento de la energía y el exceso de población han empujado a los científicos a descubrir maneras nuevas de liberar las fuerzas gigantescas encerradas en la estructura atómica. Paralelamente, un empobrecimiento del espíritu humano, y la consecuente disminución de la energía psíquica, han forzado a un número cada vez mayor de seres humanos en todos los campos a mirar dentro de sí mismos para encontrar lo que Jung llamó «el desconocido sí-mismo», con toda su reserva de energía primaria, así como su sabiduría ancestral. Es un tiempo de búsqueda universal a diferentes niveles.

En los mitos y en los cuentos de hadas, cuando el héroe que va en busca del tesoro ha perdido su camino o ha vencido en una prueba, suele aparecer el Anciano que le entrega nueva luz y esperanza. De la misma manera, esta figura puede materializarse en nuestros sueños. Esto es especialmente cierto cuando nuestro dilema personal se hace eco de una prueba similar en nuestra cultura, ya que el Ermitaño ha encontrado dentro de sí-mismo lo que como sociedad perdió o ignoró. No es accidental, pues, que en la medianoche cultural de nuestro tiempo haya aparecido de repente, como una estrella, para que compartamos su antigua luz en nuestros problemas contemporáneos.

Aunque su reaparición pueda parecemos brusca, llega con gran retraso. Desde el comienzo de este siglo los poetas han visto avanzar la oscuridad. Hace más de cincuenta años, William Butler Yeats nos avisó:

Girando y girando en el amplio gris
el halcón no puede oír al halconero;
las cosas se derrumban, el centro ya no sostiene;
la anarquía pura anda suelta por este mundo,
la condenada marea de sangre se derrama y por doquier
lo mejor carece de convicción,
mientras que lo peor está lleno de intensidad apasionada.

¿Qué mejor descripción de nuestro presente dilema? El desgraciado «tema Watergate» de nuestra reciente historia no fue más que una pequeña escaramuza en un mar de confusión y corrupción en el cual el espíritu del hombre se ha visto inmerso por doquier. La ceremonia de la inocencia se ha visto ahogada y la anarquía anda suelta en la tierra. Como vio Yeats anteriormente, la debacle no es solamente algo concerniente al poder; esto era una cuestión superficial. Es el «centro» lo que ya no aguanta. Hay algo muerto y equivocado en el meollo de la vida. Estamos vacíos de significado.

Según Jung, la apremiante necesidad de encontrar un significado es el motor primario que hace nacer todos los aspectos de la psique, incluyendo la misma consciencia del ego. En contradicción con Freud, quien defendía que la necesidad de conciencia de la personalidad deriva de la libido sexual, Jung creía que el impulso que nos lleva hacia la búsqueda de significado existe al nacer como instinto en la psique humana. Sintió que el hombre es por naturaleza un animal religioso. Si aceptamos esta premisa, se hace cada vez más claro que la desvitalización presente de los símbolos religiosos convencionales, acompañado del resquebrajamiento de la estructura familiar, nos ha dejado a todos con un vacío insaciable en el centro mismo de nuestro ser. Aún gracias que no estemos rezando a falsos dioses y que nuestra «apasionada intensidad», sin uso, esté al servicio del diablo. Visto desde este punto, Watergate e incluso el fascismo son ambos alarmantemente comprensibles.

Hay una necesidad imperiosa en el hombre de sentirse apasionado por algo — encontrar sentido y propósito como parte de un gran designio que trasciende lo concerniente al puro ego—, dedicar las energías de su vida al servicio de una más alta autoridad. Como sabemos, empezamos nuestro viaje hacia la consciencia proyectando esta autoridad sobre figuras del exterior que pueblan nuestro alrededor (padre, presidente, rey, emperador, papa, cura, juez, gurú, etc.). En nuestra serie del Tarot, hasta ahora hemos acompañado al héroe mientras experimentaba algunas de estas figuras arquetípicas. Ahora, se enfrenta al Ermitaño. Si permanece abierto al mensaje del fraile, seguirá su ejemplo y empezará a descubrir y sentir su propia chispa interior, como hizo el Ermitaño. Si el héroe está dispuesto a observar y a escuchar, el Sabio Anciano le puede ayudar a encontrar una lámpara propia, pero si el héroe no está maduro todavía para el mensaje del Ermitaño, puede interpretarlo mal, de varios modos diferentes.

Como vimos en conexión con otras figuras del Tarot, una de las maneras de interpretar erróneamente el sentido de estos personajes arquetípicos es pensar en tal figura de manera literal y no simbólicamente. En el caso del Ermitaño, por ejemplo, el héroe podría dejarse crecer barba, vestirse con un sayal y sandalias y partir hacia tierras lejanas, en busca de un gurú en quien proyectar la sabiduría perfecta y la iluminación. Podría también encontrar un gurú ya dispuesto y a mano, quizá equipado ya con un grupo de seguidores atraídos por lo mismo y cuyas filas pasaría a engrosar.

En caso de que no encuentre a alguien en quien proyectar el Sabio Anciano, nuestro héroe puede poner en escena a su joven e inexperto sí-mismo. Si así fuera, el buscador podría iniciar un culto y atraer a sus propios seguidores o bien, aplastado por el peso del rol del arquetipo para el que no está de ninguna manera preparado, podría retirarse de la vida en absoluto. Podemos encontrarlo entonces, sentado en la plaza pública, con los ojos en blanco como una estatua; «petrificado», alejado de la humanidad y de la responsabilidad humana normal.

Identificarse con un arquetipo a cualquier edad puede tener consecuencias fatales. Puede uno engreírse, hincharse, fuera de la escala de las dimensiones humanas o aplastado por el peso de lo imposible; puede uno quedar reducido a un estado depresivo, como un vegetal. En ambos casos la personalidad humana queda tergiversada. El hecho cierto es que un personaje arquetípico es sobrehumano. Uno no puede jamás convertirse en una figura ar-quetípica. Cualquier intento en este sentido carece de esperanza y tiene elementos de tragedia. Pero cuando un joven reemplaza la capucha del feliz Loco por la del Ermitaño, el resultado es doblemente penoso, pues parecería que no sólo ha aspirado a lo imposible, sino que además ha abandonado en el camino las potencialidades doradas propias de la juventud. Es como si su calendario interior hubiera quedado revuelto.

Por supuesto, es nuestro calendario exterior y nuestra cultura la que está torcida, y nuestro tiempo fuera de límites. En la confusión actual, en nuestra búsqueda del Sabio Anciano que pudiera ayudarnos, nos hemos convertido todos en Hamlets: a veces descargamos nuestra espada sobre la irresponsabilidad, y al minuto siguiente nos enterramos en soliloquios conflictivos. Cada uno de nosotros está tentado vagamente de creer que él «nació para arreglarlo» (¡Oh, maldito rencor!).

Seres humanos de todas las edades, que navegan en la marisma cultural separados del dios interior, buscarán el espíritu en cualquier lugar, a veces, incluso en lugares no sagrados. Como reveló la Alemania de Hitler, cuando, enfrentados a la confusión, muchas personas se agarraron al primer uniforme propuesto, y salieron al paso de la oca a salvar el mundo. Todas las guerras son en algún sentido «guerras santas», esto es un axioma. Es igualmente cierto que incluso los hábitos de un pacífico monje o gurú tienen el poder de convertirse en un uniforme, tan mortal como cualquier alternativa de gobierno.

Buscamos al Sabio Anciano, pues pertenece a nuestra naturaleza instintiva el hacerlo y nos vemos conducidos hacia él por las ansiedades y los miedos de la civilización moderna. Uno de los impulsos más modernos es el que observó W. H. Auden: el terror al anonimato. En su poema «la edad de la ansiedad», caricaturizó nuestra época y habló por boca de todos al decir:

Los miedos que conocemos
Son de no saber. Nos traerá la noche
alguna orden horrible. Mantener una ferretería
en un pequeño pueblo... ¿Enseñar de por vida
ciencias a niñas progresistas? Se hace tarde.
¿Va a preguntársenos algo alguna vez? ¿Somos simplemente
no deseados en absoluto?

Por supuesto que se nos ha deseado varias veces ya. ¿Hay alguien ahí? El famoso viajante de Walter de la Mare lo preguntó hace ya medio siglo. Varias veces ya en nuestras vidas nos hemos enfrentado a ello, pero nadie ha captado el drama y el misterio de esa confrontación más agudamente que de la Mare:

¿Hay alquien ahí? preguntó el Viajero
golpeando la puerta iluminada por la luna;
Y su caballo, en el silencio mordisqueaba las hierbas
del suelo de heléchos del bosque:
Y un pájaro salió volando de la torre,
por encima de la cabeza del Viajero:
Y este llamó a la puerta por segunda vez:
¿Hay alguien ahí? preguntó.

 Pero nadie respondió al Viajero. A diferencia de T. S. Eliot, quien nos lo describió como a un «hombre vacío», incapaz de responder, de la Mare imaginó nuestra morada interior como una «multitud de fantasmas que escuchan», que oyeron llamar al Viajero, pero que no respondieron a su llamada. Uno puede ver a estos escuchas que se protegen silenciosos en las sombras, helados de miedo, no diferentes de muchos ciudadanos de hoy que se niegan a contestar por la calle al grito de un extraño, no vaya a ser que se vean «comprometidos». ¿Hay alguien ahí? Quizá el barbudo Ermitaño representado anteriormente ha regresado para ofrecernos una nueva posibilidad para esta pregunta mientras eleva su linterna y penetra en nuestra oscuridad.

Si en la realidad tuviéramos que enfrentarnos con esta figura en una noche oscura, haríamos un alto en la sombra para observarle antes de dar un paso adelante para identificarnos. Una mirada a los dulces ojos de este monje nos indica que ha caminado con esfuerzo a través de los siglos, no para predicar ni para reprendernos por hacer algo mal. Sentimos que lo que quiere realmente es saber quién, si es que hay alguien, está «ahí», y que va a aceptar cualquier respuesta que vayamos a darle, incluso nuestro silencio, si es eso todo lo que tenemos que ofrecerle. Sus ojos miran sin miedo, con calma, llenos de admiración, completamente abiertos. Podemos imaginar que su mente y su corazón están igualmente abiertos. Su expresión parece combinar la admiración de la niñez con la paciencia de la experiencia.

En muchos otros aspectos, este extranjero parece encarnar aspectos de los dos polos opuestos del ser. Su barba y su lámpara no sugieren la enseñanza y el espíritu masculinos, el fogoso yang, el polo positivo de la energía, mientras que su airosa capa y su gentil ademán nos indican una relación cercana al oscuro yin, la terrenal naturaleza femenina. Como san Francisco, debe de sentir una relación íntima y tierna con el hermano Sol y la hermana Luna, con todos los pájaros y bestias; al mismo tiempo, este ermitaño debe de tener el mismo aguante que san Antonio, quien resistió a miles de demonios, la aberración monstruosa del espíritu humano que tienta al hombre en su soledad. Quizá este Sabio Anciano ha regresado para enseñarnos el olvidado arte de la soledad.

Hoy en día se ha convertido ya en algo aceptable que somos una multitud solitaria. Los psicólogos nos han dicho cómo enmascaramos nuestro aislamiento pétreo en una asociación compulsiva espiritual que tiene poca relación con la relación humana. Nos han enseñado cómo defender nuestra tierna inseguridad con la armadura de la conformidad social. Algunas veces podemos ver estas terribles visiones internas plasmadas de un modo que hace temblar nuestros huesos. Atrapado en el metro en lo que llaman «hora punta», uno puede encontrarse como parte integrante de una horda de zombies anónimos, cada uno inmovilizado en un confinamiento solitario público, y cada uno encasillado en el propio símbolo de su status social, cada uno armado contra todo contacto humano, pero además cada uno protegido contra la verdadera soledad.

Siendo una nación de extra vertidos, nos hemos dirigido naturalmente a la terapia de grupo como antídoto para este aislamiento. Llenas de esperanza y de coraje, las almas timoratas se programan afanosamente alrededor de dinámicas de grupo, de encuentros de fin de semana para conseguir el descubrimiento del cuerpo, de lecciones llenas de alegría en grupos de meditación y así sucesivamente. En cada una de las estaciones de esta estéril peregrinación se preguntan tristemente los unos a los otros « ¿Quién soy yo? Tócame. Siénteme... reacciona a mi presencia... dime quién soy». ¿Nos hemos separado tanto de nuestra razón de ser interior que existimos solamente en relación con los demás?

Cada vez parece más difícil aceptar los parajes solitarios que llevan a la autorrealización. El arte de la individuación, convertirse en el único yo-mismo es (como su nombre indica) una experiencia intensamente personal y a veces muy solitaria. No es un fenómeno de grupo, comporta la difícil labor de desprender la propia identidad de la masa de la humanidad. Para descubrir quiénes somos, tenemos que extraer finalmente aquellas partes de nosotros mismos que hemos proyectado en otros, aprendiendo a encontrar en el fondo de nuestra psique las fuerzas y carencias que habíamos visto previamente solamente en otros. Estos reconocimientos se facilitarán si podemos retirarnos de la sociedad por breves períodos y aprender a dar la bienvenida a la soledad.

Como compensación, estos períodos de introversión nos traen el beneficio de un incremento en la vida de la imaginación. Al faltarnos otra compañía, los personajes de nuestro mundo interior salen a escena. Estos personajes aparecen a menudo como entidades vivas. Nos comprometen en diálogos inspirados; nos exigen que pintemos su retrato o que escribamos su historia. Algunas veces, nos cantan trayéndonos nuevas y frescas melodías. Aquí el Ermitaño puede ayudarnos. Si, engreídos por la desbordante inspiración creativa, tratamos de sobrevolar nuestro ser humano, puede ayudarnos a aterrizar de nuevo y escoger en este fuego dorado la llamita que resulte adecuada para nuestra única y humana lámpara.

Hoy en día cada vez son más los que, desencantados por la esterilidad espiritual del paisaje exterior y la colectividad impersonal de nuestra sociedad, buscan conscientemente la luz interior oculta; y es evidente que los seres humanos, por lo general reciben más bienes de la introspección que los que les pueda aportar nuestra cultura. Por ejemplo, estudios recientes nos dicen que en varias comunidades se resisten al intento de que les organicen un autocar que los devuelva con rapidez a sus hogares a través del tránsito, pues dicen que el tiempo que dedican a conducir hacia o desde el trabajo es la «única oportunidad» que tienen de estar solos. Quizá, con la ayuda del Ermitaño, nos podríamos atrever a permitirnos a nosotros y a otros la oportunidad de una introversión creativa en circunstancias favorables. Tales períodos de soledad no son morbosos ni antisociales; pueden devolvernos al mundo con una energía renovada para la acción y un agudizado sentido de nuestra identidad y de nuestro rol especial en relación con el mundo.

En el libro Ego y arquetipo, Edward Edinger reflexiona sobre el significado de la palabra «solitario», tal y como se utiliza en uno de los Evangelios Gnósticos. Señala que, en el origen griego, la idea de «soltero» o «solitario» puede traducirse también por «unido». Para ilustrarlo cita un fragmento del Evangelio de Tomás: «... Yo (Jesús) digo esto: Cuando (una persona) se encuentre solitaria estará llena de luz, pero cuando se encuentre dividida, estará llena de oscuridad». Pero, inevitablemente, cada uno de los que consiguen este tipo de unión interior, han de pagar el precio de la soledad, la culpabilidad y el sufrimiento, como le sucedió a Prometeo. En Relaciones entre el Yo y el Inconsciente, Jung amplió esta idea de la siguiente manera:

«El libro del Génesis representa el acto de devenir consciente como la ruptura de un tabú, como si adquirir conocimiento significara que una barrera sagrada hubiera sido saltada sin piedad. El Génesis tiene razón seguramente, ya que cada paso hacia una mayor consciencia es una forma de culpa prometeica. A través de tal acto, se les roba en algún sentido el fuego a los dioses. Esto quiere decir que algo que pertenecía al poder del inconsciente fue arrancado de alguna manera de sus conexiones naturales, pasando a subordinarse a la elección consciente. El hombre que ha usurpado el nuevo conocimiento sufre, sin embargo, una transformación o ampliación de su conciencia que ya nunca más se parecerá a la de sus compañeros. Se ha elevado por encima del nivel humano de su tiempo (“seréis como Dios”) y, al hacerlo, se ha alejado a sí-mismo de la humanidad. El dolor de su soledad es la venganza de los dioses.. .»

Resultado de imagen de zen hermits jocularly performing household taskJung aclara en algún otro lugar que la alienación experimentada por el solitario no supone un extrañamiento de su naturaleza humana. Significa simplemente que ya no permanece unido en la «participación mística», la inconsciencia primitiva compartida por toda la humanidad. Esta persona no tiene que permanecer alejada físicamente del mundo y de sus problemas; por el contrario, habiendo conseguido una unidad interior segura, puede sentirse más capacitada para exponerse al caos de los acontecimientos diarios, y con menos miedo a quedar confundido por ellos o a verse inmerso de nuevo en la inconsciencia anterior de la masa. En principio, tal persona seguirá involucrada en la vida, pero será así de una manera nueva. El hecho de que esta actitud no requiere manifestarse mediante actos o palabras extrañas se ve deliciosamente representado en la ilustración siguiente. Su título es: Ermitaño Zen ejecutando burlonamente las labores del hogar. Me parece que estos pequeños monjes tienen algo importante que decirnos sobre lo que significa la verdadera individuación. A pesar de que la nueva visión puede traernos nuevas ideas y oportunidades, esencialmente, en el puro centro del autoconocimiento yace la capacidad de aceptar la propia vida, (por simple y sencilla que sea) y ejecutar las labores necesarias de una manera auténtica. Personalmente creo que es más fácil hacer pronunciamientos sentenciosos que barrer los suelos y lavar la vajilla de forma «jocosa».

En el sentido mencionado anteriormente, quien haya alcanzado algún grado de autorrealización, es un «solitario» en relación con el resto de la humanidad y está abocado a seguir así hasta que los demás, cada uno a su turno y según su particular manera, alcancen un estadio de iluminación similar. Incluso más solos que un ermitaño, dice Jung. La raza humana, en virtud de su capacidad única para la consciencia, se encuentra sola en este planeta y separada de cualquier criatura viviente, debido a las diferencias psíquicas que existen entre ellos. Jung explica la situación del hombre de esta manera:

«Él es, en este planeta, un fenómeno único que no puede compararse a ningún otro. La posibilidad de compararse y, por lo tanto, de que surgiera el autoconocimiento, se daría tan sólo si pudiera establecer relación con los mamíferos casi humanos que habitan otras estrellas. Los diferentes grados de autoconocimiento dentro de su propia especie son poco significativos comparados con las posibilidades que aparecerían en el encuentro con criaturas de estructura similar pero origen distinto... Hasta entonces, el hombre ha de seguir pareciéndose al ermitaño.»

Queda por ver si nuestra exploración en campos más lejanos, al encararnos con criaturas humanoides, podría ampliar nuestro actual campo de consciencia. El comentario de Jung indica que tal confrontación podría suponer una ayuda beneficiosa para una consciencia más amplia.

Tradicionalmente, cuando la humanidad se ha visto enfrentada a un callejón sin salida en su evolución consciente, ha alzado los ojos al cielo en busca de salvación. En la antigüedad, esta ayuda se experimentaba como la intervención de un dios o figura divina salvadora, que descendía milagrosamente de los cielos. En la actualidad, el arquetipo del Salvador puede proyectarse a los habitantes de los Platillos volantes, criaturas humanoides de consciencia supuestamente superior que algunos imaginan sobrevolándonos como ángeles guardianes, esperando el momento propicio para descender e iluminar nuestra oscuridad. En el caso de que estas criaturas existieran, obviamente, su solo advenimiento no podría salvarnos. Como ya ha mostrado la historia, un «salvador» puede, como máximo, ayudarnos a encontrar el camino para salvarnos a nosotros mismos. Así pues, mientras unos suben a los cielos para investigar la realidad de estos mágicos objetos redondos que contienen la encarnación moderna del Sabio Anciano, el resto, nosotros, volvemos la atención hacia nuestro interior, en busca de la parte contraria de estas imágenes, pues éstas son las fuerzas que nos mueven en nuestra búsqueda final, cosa que, de hecho, es su razón de ser.

En su ensayo Platillos volantes: un mito moderno (en castellano “Sobre objetos que se ven en el cielo”), Jung comenta ampliamente el significado psicológico de nuestro interés por los ovnis. Apoya la idea de que (aparte de que sea cierto que existan estos objetos circulares en la realidad) es un hecho de significación psicológica considerable que haya personas en todo el mundo que digan haberlos visto en los cielos, o hayan experimentado su presencia en sueños y visiones. Comparando el Ovni con el mandala, la rueda solar y el «Ojo de Dios», Jung dice después:

«En la antigüedad, los ovnis podían entenderse fácilmente como “dioses”. Son manifestaciones implícitas de la totalidad, cuya forma redonda, simple, representa el arquetipo del sí-mismo, el cual, como sabemos por experiencia, juega un papel importante en la unión de los opuestos aparentemente irreconciliables y es por eso el medio más apto para compensar la mente dividida de nuestra época. Tiene un papel particularmente importante entre los otros arquetipos, ya que es el primero en regular y ordenar los estados caóticos, dando a la personalidad la mayor unidad posible, así como la plenitud.»

 Considerando el fenómeno ovni como una compensación para nuestra cultura de orientación grupal, Jung dice que «los signos aparecen en los cielos de modo que todos puedan verlos. Son como una pregunta para que cada uno de nosotros recuerde su alma y su totalidad, pues ésta es la respuesta que Occidente tiene que darle al peligro de la masificación».

El Ermitaño del Tarot puede, pues, simbolizar la humanidad que camina solitaria por esta tierra, llevando solamente la pequeña luz de la consciencia diaria para iluminar la creciente masifica-ción que trata de apoderarse de este mundo. El hombre está al borde de una revolución en potencia de la consciencia humana. Quizá la ayuda deseada descienda de los cielos, quizá se halle solamente en la constelación celestial que poseemos en nuestro interior.

El número nueve del Ermitaño refleja muchas de las ideas expresadas aquí. Manteniéndose en pie, el más alto entre los dígitos únicos, el nueve, representa la altura máxima del poder alcanza-ble por un solo número. En el contexto del comentario de Jung, podríamos observar el número nueve como el símbolo del punto más alto de la consciencia que puede alcanzar el Ermitaño, como hombre, hasta que pueda enfrentarse a otra criatura que tenga igual capacidad de comprensión, o bien hasta que pueda descubrir, dentro de su propia psique, dimensiones de conocimiento desconocidas hasta ahora.
En caracteres arábigos, (el número nueve escrito como un círculo con un uno como cola) presagia al número diez, en el cual la energía contenida en los círculos celestiales, se atrae a la tierra para permanecer al lado del número uno y entonces, con una nueva configuración, iniciar un nuevo ciclo de dimensiones ampliadas. Cuando esto sucede psicológicamente, la pequeña llama de la lámpara del Ermitaño se transforma en una iluminación de enormes proporciones.

En nuestro planeta, el número nueve es también un número de gestación humana, el período de preparación necesario para la creación de un nuevo ser. Para nosotros es también, según parece, un tiempo de preparación y de gestación. Mientras cada uno de nosotros no haya accedido a su propia lámpara, podríamos vernos cegados o destruidos por un flujo demasiado amplio de la iluminación celestial.

Históricamente también, este número nueve está conectado con la idea de gestación e iniciación. Apolonio de Tiana, el neo-platónico griego, lo consideraba un número sagrado. Sus discípulos llevaban este número como un amuleto y consideraban a parte la hora novena como tiempo de silencio. Prohibió a sus seguidores que pronunciasen este número en voz alta. Los candidatos a ser iniciados en los misterios de Eleusis atravesaban un período de nueve días. También para los romanos el nueve tenía un papel iniciático; celebraban un rito de purificación para todos los infantes varones en el día noveno después de su nacimiento. Enterraban a sus muertos en el noveno día y celebraban una fiesta llamada «no-venalia» cada nueve años, en memoria del muerto. Esta costumbre está aún viva en las novenas, un rito católico de oración celebrada durante nueve días consecutivos para rezar por las almas del purgatorio.

Matemáticamente, también el nueve tiene cualidades misteriosas, pues vuelve sobre sí mismo siempre. Por ejemplo: 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6 + 7 + 8 + 9 = 45, la suma de cuyos dígitos es 9. De manera similar, 9 + 9 = 18 = 9. También 9 multiplicado por cada dígito del 1 hasta el 9 produce un resultado que se reduce a nueve. Es fácil, pues, comprender por qué el nueve es el número de la iniciación, puesto que simboliza el viaje del iniciado hacia su autorrealización. Sea cual sea la circunstancia en la cual el iniciado empiece su viaje y sea cual sea la experiencia que encuentre en su camino, al final debe, también él, volver hacia sí-mismo.

Como sucede con todas las figuras arquetípicas, si descuidamos captar sus mensajes voluntariamente, nos veremos obligados a ello a la fuerza. Por ejemplo, el no atender a la llamada del Ermitaño a la introversión, puede dar como resultado una soledad forzada y un aislamiento derivadas de una enfermedad mental o psíquica. Si sabemos observar y escuchar, podemos aprender de este Sabio Anciano el arte de retirarse voluntariamente de la sociedad e introducirse de nuevo en ella de regreso, en el momento oportuno. Cuando el mundo exterior reclama nuestra atención, no podemos permanecer hibernados en nuestra introversión como el oso en su oscura caverna, ni podemos vernos forzados a la extraversión llevando constantemente la máscara de la sonrisa del posadero, porque nuestra verdadera identidad está todavía oculta, desconocida en el sótano de nuestro ser.

 Tal como está representado el Ermitaño en el Tarot de Marsella, nos señala su capacidad para hacer una discreta retirada y volver después. Es un personaje solitario, aunque vista los hábitos de una orden religiosa con los cuales debe de mantener algún contacto. Está representado en camino, lo que acentúa su capacidad para la marcha entre estos dos mundos.

Así como nuestro ritmo vital es medido alternativamente por la inhalación y la exhalación, de la misma manera sigue un modelo rítmico nuestra necesidad de introversión y extraversión. El Ermitaño es un maestro que nos ayuda a conocer nuestro propio pulso. Por la forma en que se curva su báculo, y su hábito con él, nos sugiere un ritmo tan natural como el de respirar. El plácido andar del fraile se hace eco del sereno «tempo» de su meditación. Visto a la media luz del ensueño, este Ermitaño parece moverse firmemente; el movimiento de su marcha apunta ya el gesto de su retorno. Parece estar diciéndonos que la vida es un proceso, no un problema, que el Tao es un viaje, no una meta.

Buda dijo: «El mundo es un puente, crúzalo; pero no construyas nada sobre él». Con la linterna que guía sus pasos, el Ermitaño no necesita casa. No está encargado de posesiones personales. Hoy muchos imitan su libertad en cuanto a las posesiones gravosas del hogar. Desprendiéndose de los bienes acumulados durante una vida, se trasladan a casas móviles, (tiendas de campaña o furgones), vagando por los bosques en busca de la serenidad. Desgraciadamente, liberarnos de nuestra carga psicológica no es fácil. La siguiente historia puede ser ilustrativa de ello; se refiere a un joven rebelde que, desprendiéndose de todas sus pertenencias materiales, cruzó el océano para consultar a un gurú famoso.

«Oh, Maestro» empezó diciendo sin aliento el buscador fervoroso, «Estoy avergonzado por no haber traído ningún regalo, vivo ahora con las manos vacías» y el maestro le contestó pausadamente: «Lo sé, hijo, lo sé; déjalo, pues».

Nuestro Ermitaño es sin duda este sabio. Es obvio que la luz de su lámpara penetra la oscuridad espiritual tanto como la temporal, puesto que el cielo que tiene encima es claro y sin nubes. Su visión interior penetra las divisiones arbitrarias de tiempo y espacio para revelarnos unos patrones del eterno presente llenos de significado. Consigue ver tan profundamente en el presente que aclara todo el tiempo: el pasado, el futuro, así como su interrela-ción. Más adelante, la evidencia nos confirmará el hecho de que a este sabio, como a Merlín, se le atribuye la posesión del tiempo, ya que en algunas barajas antiguas se le dibuja con un reloj de arena y a esta carta se le llama el Tiempo.

Este Viajero utiliza su lámpara para iluminar su propia oscuridad. Su luz brilla para otros, por supuesto, pero no lo hace de modo deliberado. Si las vidas son iluminadas a su paso, se deberá a que ha ayudado quizá de la única manera en la que el ser humano puede ayudar a los demás, esto es; siendo plenamente él mismo. En mi opinión, este Sabio ilumina la sabiduría de una antigua plegaria incomprendida atribuida a los Amigos que dice así: «Dios me libre de ser “útil”».

Quizá hoy más que nunca andamos sobre un suelo totalmente nuevo. En nuestro mundo actual no existen patrones establecidos de antemano, no hay un foco central utilizable por todos. Cada uno de nosotros debe de encontrar la manera de encender su propia chispa. Como ha demostrado la historia, no podemos depender de autoridades del «más allá» que nos suministren respuestas iluminadoras para aclarar los problemas planteados por la vida actual. En los años recientes, nosotros, las gentes de mundo civilizado, nos hemos sentado frente a los televisores, indefensos, viendo cómo historias de la vida real, historias de corrupción y derrota, de depresión y revolución, sobrepasando las barreras naturales, sociales, políticas e incluso nacionales, invaden nuestras salas de estar para alcanzar a nuestras conciencias y despertar nuestro espíritu. Durante todo este tiempo, el Ermitaño podría haber permanecido en pie, entre bastidores, esperando la señal para actuar. Quizá la oscuridad comience a disiparse de modo que el silencioso mensaje del Ermitaño aparezca claramente para todos nosotros: «Cada uno de nosotros debe descubrir su propia luz interior. En el momento en que traspasamos nuestra visión interior y nuestra responsabilidad a un imaginario «hermano mayor», sea político, psicólogo o gurú, hemos perdido, tanto nuestra identidad cultural como nuestra propia humanidad.

Si no lo sacas de ti mismo, ¿dónde vas a ir a buscarlo? Esta vieja cantinela resuena con fuerza en nuestros oídos. Quizá más que nunca debemos cobrar conciencia ahora de que la luz que buscamos no es una luz pre-dispuesta que nos llegará algún día del espacio exterior en un platillo volante... Hemos de hacernos a la idea de que el Espíritu Santo no es algo externo a nosotros, algo que algún día con suerte llegaremos a alcanzar. El Espíritu Santo es una minúscula llama creada de nuevo con cada ser humano en cada generación. Con cada inspiración incitamos o accedemos al «pneuma » y recreamos el Espíritu. El Cristo es concebido, no hecho, lo que equivale a decir que Él nace de nuevo en cada uno de nosotros.

 Prometeo robó el fuego del cielo y lo acercó a la humanidad. Me gusta pensar que el Ermitaño devuelve algo de este fuego sagrado a su fuente. Eso es lo que cada uno de nosotros hace al recrear el Espíritu.

¿Hay alguien ahí fuera? El Ermitaño espera nuestra respuesta.  

Sallie Nichols*Sallie Nichols. Jung y El Tarot. Ed. Kairós. Barcelona, 2002 pg. 232 y ss.

Sobre la autora: Sallie Nichols estudió en el C.G. Jung Institute de Zürich, mientras Jung estaba todavía al frente, y profundizó en la psicología arquetípica. Desde entonces ha enseñado, principalmente en el C.G. Jung Institute de Los Angeles, simbolismo del Tarot.