miércoles, 14 de noviembre de 2012

Apuntes para un cineforo: Tres rostros de Eva de Nunnally Johnson


Abajo del texto insertamos la película completa en castellano.

  • Titulo Original: The Three Faces of Eve
  • Año: 1957
  • Fecha estreno: 1957-09-23
  • Reparto: Joanne WoodwardDavid WayneLee J. CobbEdwin JeromeAlena Murray,Nancy KulpDouglas SpencerTerry Ann RossKen ScottMimi GibsonAlistair Cooke
  • Director: Nunnally Johnson

Sinopsis (cineol.net): 

Basada en una historia real. Eva White, una ama de casa sosa y retraída, se queja de que sufre desvanecimientos y periodos de los que no recuerda nada, por lo que su marido la lleva a un psiquiatra, quien muy pronto descubre que tiene una segunda personalidad: Eva Black, una mujer alocada y desinhibida. Según progresa la terapia de Eva, su tercera personalidad, Joanne, sensible e inteligente, aparece para ayudar a resolver su extraña condición de múltiple personalidad.


Los tres rostros de Eva: La psique disociada y la búsqueda de integración.

Para la elaboración del presente texto se tuvieron en cuenta las valiosas aportaciones del grupo de estudio en psicología analítica de la Universidad de Antioquia 2012 (Andrea Jimenez Medina, Diana Marcela Holguín, Jorge Andrés Mesa y Andrés Vásquez). 

Texto elaborado por Lisímaco Henao Henao. Analista Junguiano IAAP

La película está basada en el caso clínico publicado por los psiquiatras norteamericanos Corbett Thigpen y Harvey Cleckley en 1957, el mismo año de la película; al parecer el director tuvo acceso a documentos del caso antes de que se publicara el libro, incluso a material filmado que hoy podemos ver en internet y que se ofrece abajo del presente texto.

“¿Tuvo alguna vez la sensación de llevar dentro de sí
a alguien a quien no podía alcanzar
pero a quien no obstante sentía vivir?”
(Pregunta del Dr. Luther a Eva White)

Para el análisis psicológico de la película nos permitiremos prescindir de las acotaciones en cuanto a la técnica y el simbolismo cinematográfico por sí mismo. Sin embargo por un puro deber ético comencemos afirmando que nos hallamos frente a un producto bastante explícito que fácilmente podría conducirnos a un facilismo en la interpretación. Es decir que sólo habría que repetir la trama, pues se nos presenta de una manera nada crípitica,  un caso clínico con sus causas y su cura por parte del terapeuta. Nada parece dejarse a la imaginación, dirían algunos amantes del cine arte.

Por suerte la psicología profunda nos ha alertado bien sobre los riesgos del quedarse en las trampas de la superficie que son, en sí mismas, las trampas del ego que sabe perfectamente de esos terrenos conocidos de “arriba”. Por todo ello, una vez vista la película y a través de ella leídos los elementos básicos del relato clínico, la superficie del caso, lo evidente que se proyecta en la pantalla; vamos a ocuparnos de la literatura que hay detrás, de la psicodramática o, como afirma James Hillman, de la retórica del alma que se muestra en la invención que resulta ser todo “caso clínico”.  Al internarnos en esta psicodramática buscamos mostrar elementos que competen en general a lo humano y no sólo a quien padece una búsqueda de identidad por el camino señalado por la patología. De esta manera, como en un fractal, lo “único” puede darnos una idea de lo múltiple.

Vamos a centrarnos en cuatro temas arquetípicos, teniendo como asunto transversales a toda la discusión el evento analítico y  el sentido buscado en la patología. Los temas centrales de este análisis serán:
1.       Lo masculino (Padre, Esposo, Hombres del bar, Psiquiatras, El segundo esposo)
2.       Lo femenino  (Madre, Eva White, Eva Black, Joanne)
3.       Lo infantil (Eva niña, La niña de Eva)
4.       La muerte (En la abuela, en Eva White, en Eva Black, en Joanne)

1.      Lo masculino: “Cuantos más hay, mejor me siento”, dice Eva Black. El aparecer de lo masculino comenzaría en la vida de Eva, como en la de muchas mujeres, con su padre. Poco sabemos de él, sin embargo es en sus brazos en quien se refugia la niña diciendo “no me obliguen a hacerlo” y es quien, seguidamente, la entrega al abuso. El hombre parece conmoverse, pero no hace nada. Podríamos decir que esta escena primitiva en la vida de Eva, activará con el pasar de los años un tema aún más primitivo, una huella perteneciente ya al inconsciente colectivo a saber: el de lo masculino inamovible frente a lo que él mismo ha establecido como ley, como saber o como cultura. Y aunque un masculino en particular, un padre por ejemplo, se conmueva frente al sufrimiento de su hija, no hará nada, pues él también sabe que una norma colectiva le sobrepasa y somete. El hombre como víctima del propio patriarcado negativo podríamos decir, sus sentimientos particulares sucumbiendo frente al ideal general.

Eva se convierte en Eva White, la blanca niña obediente de esa ley que su madre defiende y que su padre teme; por lo tanto el hombre elegido para marido habrá de ser uno igualmente pusilánime, uno parecido a ese padre, uno elegido inconscientemente, no porque repetimos estúpidamente como afirman algunas visiones sobre los motivos profundos del actuar, sino elegido inconscientemente para resolver ese particular asunto del pasado, una prueba necesaria para la individuación. Es decir que esa elección la conducirá a la comprensión que necesita de su propia vida, en otras palabras, el síntoma como vía, no sólo como respuesta al trauma.

Cuando se transforma en Eva Black, ella buscará otro tipo de hombres en bares y fiestas ¿hombres mejores que el padre o que el esposo?. No. Son el otro lado del padre y del esposo, son hombres de ocho dólares como le dice el soldado en el bar “no gasté en ti ocho dólares sólo por tu cara bonita”. Ellos representan esa sensibilidad que ella echó de menos en su padre en su niñez, una sensibilidad limitada al sexo, al cuerpo genitalizado, pero al fin de cuentas a la que pueden ellos acceder dada la dosis de poder que les ha tocado detentar y padecer al mismo tiempo (donde hay poder el amor huye, afirmó Jung). Y Eva Black se ha vuelto experta en activar esta "sensibilidad"; asistimos en una escena de la película al momento en que la activa en el pudoroso y paternal marido de Eva White convirtiéndole en un triste títere de esa limitación erótica que llamamos el "hombre macho" en nuestro sur.

Veremos luego que esa voz del alma que llamamos síntoma o patología llevará a Eva al encuentro con masculinos mejor desarrollados, representados en los psiquiatras y en quien se convertirá en su segundo marido. El Dr. Luther se nos presenta como un hombre no atado al poder, a pesar de detentar una de las máscaras más poderosas de nuestra sociedad, la del médico. Un hombre que es capaz de consultar a la experiencia de otro mayor, a declararse ignorante, no concluido, inseguro pero al mismo tiempo pleno en su lugar, puede acompañar a esta mujer sumisamente atemorizada (Eva White) y desafiantemente recelosa (Eva Black), en el camino de la individuación.

Aquí me permitiré una pequeña digresión analítica. Decía Rafael López-Pedraza que para contener lo que en el espacio psicoterapéutico se mueve, es necesario tener cuerpo, tener un cuerpo psíquico (no confundir en ningún caso con un cuerpo atlético que es muchas veces una coraza de “dignidad apolínea” más que un soporte para las emociones más bastas). El Dr. Luther parece tener este cuerpo; es capaz de reír, emocionarse, preocuparse, entristecerse, enojarse y fascinarse con su paciente. “Nadie me gusta más que usted Eva”, le dice a la seductora Back. Este terapeuta no necesita esconderse tras una coraza de poder pues tiene un cuerpo psíquico capaz de resistir los embates de una emocionalidad tan desbordada como fragmentada. Es un cuerpo psíquico capaz, como los corporales héroes míticos, de arriesgarse en las entrañas del hades que es la psique: “¿Estoy loca Dr?.” “No. Pero tiene usted un trastorno muy raro y vamos a caminar con esa rareza suya” parece responder el terapeuta, NO desde una posición egoica del doctor-que-todo-lo-puede, sino desde la fragilidad que puede permitir y acompañar las frágiles búsquedas humanas. El cuerpo psíquico del terapeuta es un cuerpo adulto, no el de un niño que fácilmente caería presa de transferencias y contratransferencias paternas y maternas, pero tampoco el de un anciano necio que quedaría atado a fantasías de omnipotencia.

Finalmente, para cerrar esta digresión, recordaré la frase del psiquiatra más viejo, que simboliza también la conciencia de un cuerpo psíquico que no puede soportar los mencionados embates emocionales; él dice: “yo ya estoy muy viejo para estas cosas”. Con esto no me refiero literalmente a la edad de un analista o de un terapeuta, para la muestra el mismo Rafael López-Pedraza, quien recibió pacientes hasta un poco más de los 90 años.

Poco conocemos también del hombre que llega finalmente a la vida Eva, ahora Joanne, pero por lo poco que le vemos hacer y le escuchamos decir, este hombre aporta un amor adulto, no el de el esposo-padre al que Eva White mira buscando aprobación cada vez que quiere hablar, pero tampoco el de los hombres que frecuenta Eva Blake, que como niños sólo quieren usarla para satisfacer su sensibilidad empobrecida y huir de sí mismos. Este amor adulto puede padecer con ella la realidad siempre dual: “es duro pero lo que sea lo enfrentaremos juntos”, una frase que, por fin, puede ella escuchar de un hombre pero que por más que alguna vez se la hubiesen dicho había sido desoída porque la voz impuesta por el dolor del abandono inicial. Este hombre, como el Dr. Luther, es capaz de contener el dolor y la alegría de existir, sin idealismos extremos, pero contemplando las posibilidades.

2.      Lo femenino. La madre de Eva, ya lo dijimos, reprodujo la norma colectiva, la costumbre. Suponemos que ella misma aprendió a enterrar en lo más profundo de sus ser ese deseo de cuestionar dicha norma, convirtiéndose en una representante más de un complejo familiar que se fue expresando en cada una de las generaciones de mujeres que tenían que enseñar a sus hijas a “mantener la paz”, incluso a costa de sí mismas. Cuando lleva a la Eva niña a dar el triste beso a la abuela muerta le dice: “Es el beso de despedida, ya lo sabes”. Ese ya lo sabes resuena como ley colectiva, de nuevo, como costumbre. Y Eva recibirá el mismo legado pero, gracias a un entorno diferente (por ejemplo, la presencia de la terapéutica y el acceso a este servicio), y al factor misterioso de la psique (por ejemplo, que en su proceso vital se presentara esta patología en un momento en que podía ser escuchada), la cadena puede romperse y la hija de Eva recibir otra información.

Pero en principio Eva White es el ego queriendo adaptarse, es el ego funcional que asume el complejo familiar cumpliendo expectativas para perseguir la prometida felicidad, se transforma para ello en una especie de Hera, diosa del hogar, acosada continuamente por una Afrodita furtiva que trata de movilizarla hacia lo nuevo, pero también falla el tiro al hacerlo pues proviene de fuentes inconscientes, por lo tanto inconsistentes con la totalidad psíquica. Eva Black representa el femenino herido que mediante una actitud Afroditica quiere deshacerse de esas memorias, pero que no sabe que cada que suprimimos una memoria, suprimimos también la posibilidad redentora que con ella viene. Porque no hay nada en la psique que no contenga la imagen de la totalidad, el dolor puede llevar en sí mismo el germen de lo que se tiene que desarrollar. ¿Porqué sufrimos? ¿Para qué? La respuesta es tan simple como compleja: cada quien necesita una porción de humanidad en sí mismo con la cual construirse y esa humanidad se muestra la mayoría de las veces como fragilidad, como dolor. Es cierto que portamos una semilla de divinidad, pero vivimos en un mundo limitado por la cultura, el cuerpo y la mente humanas, las cuales, al ser humanas,  chocan con esa chispa divina, con esa dignidad trascendente. En otras palabras, desde el punto de vista del alma “nada malo nos debería pasar”, desde el punto de vista del ser humano que porta el alma “es inevitable que lo malo te pase y así vas a aprender a vivir, cada vez más, a la manera humana”. En otras palabras sí podemos llegar a ser perfectos: humanamente perfectos.

Eva Black lucha contra estas verdades ¡y con razón!, a los 6 años no se deberían aprender lecciones tan duras, pero ¡atención con la palabra “debería”!, porque lo cierto es que a muchas como ella les sucede a los 6, incluso antes, y esto se convertirá en el material de su futuro trabajo de desarrollo del ser. ¿Estoy diciendo que el abuso infantil es deseable? No. Pero ya que sucedió y que para una persona en particular se transforma en tema de sus complejidades negativas, puede ser motor para su vida. A quienes no les sucedió o, sucediéndoles, no se convirtió en su gran motivo, otras cosas les ocurrirán, el “crecimiento descendente”, como nombra James Hillman a este movimiento, es inevitable. Esto nos lleva a un interrogante más: ¿qué hace que un mismo evento se convierta para unos en disparador de complejos y en otros pase desapercibido? ¿Qué hace que un evento sea traumático o abusivo?. La respuesta está en un factor que la psicología analítica denomina la “propia naturaleza”, algo en nosotros que no puede ser violentado, obstruido o manchado; una dignidad muchas veces individual. Podríamos decir, no obstante, que algunos eventos son traumáticos para una gran mayoría y ni aún así podríamos totalizar esa experiencia como generadora de complejos, debido a que siempre encontraremos la excepción. Sí. Es probable que el abuso sexual en la infancia sea generalmente proveedor de complejos negativos, que atenta contra algo de una naturaleza colectiva que dice: un cuerpo niño no debe ser tocado así. Este caso nos sirve para ir más allá y preguntarnos por lo que es abusivo para nuestra propia naturaleza, para la de nuestros pacientes por ejemplo, y respetar entonces esa dignidad que en cada caso se muestra mediante la reacción compleja a los eventos de la vida.

Joanne llega y nos muestra el fin de este extraño movimiento hacia la integración de dos opuestos a saber: Eva Black que huye y Eva White que se entrega. Joanne da palabra e imagen a la memoria que en Eva White es pura emoción y que en Eva Black es pura evitación. Joanne recupera la memoria para ella mediante imágenes plenas de sentido y sentimiento, de comprensión de los motivos de sus padres, una comprensión que va más allá del perdón, que en mi opinión no se trata de perdón sino de superación mediante un darse cuenta de la humanidad que les acompañaba. La tristeza y la nostalgia siguen estando allí, pero asumidos dentro del amplio espectro de la humanidad como colectivo.

3.      Lo infantil. Todos aborrecemos lo niño en nosotros en alguna medida. Lo niño no es sólo ese jardín idealizado, en muchos casos es el dolor y la soledad, el abandono o la pérdida. Es lo que el adulto  quiere y cree superar al crecer. Como a Eva Blake Algo nos lleva a querer estrangular a ese niño, algún recuerdo, algún olvido, sobre todo el dolor no aceptado que implica crecer. El disparador del conflicto es, por ello, esa niña de 6 años de Eva White, esa que recuerda todo ese dolor. Y por esta incompatibilidad de lo adulto con lo niño, con el dolor niño, es que se ha olvidado toda la infancia, porque lo complejo de la psique es generalizador, porque toda represión, tanto individual como social, intenta borrar lo indeseable, borrando todo lo que le rodea.

4.      La muerte salvadora. La muerte es iniciadora en este drama: La abuela muerta a la que se besa, sellando un destino a resolver (el sentido del destino es, contrariamente a lo que nos han enseñado, aquello que nos impone como tarea resolverlo, no un camino invariable). Pero luego aparece la muerte como resolución: Eva White es amiga íntima de la muerte: su actitud depresiva que le lleva a ideas suicidas, que le lleva hacia abajo (hacia la topografía arquetipal de la muerte), y que también le conducirá a dejar ir, a despedirse, a decir “quiero que quede Joanne”.

Eva Black es amante de la vida, es Afrodita cuando se conduce como una enamorada del brillo, de la belleza absoluta y es Artemisa cuando se muestra cerrada y virginal, intocable. Pero finalmente le tocará la muerte, teme que White se suicide y llora su propia desaparición, se despide dejando como legado al “primer hombre que la conoció realmente”, al Dr. Luther, un último deseo de amor y un último regalo símbolo de aquel brillo polarizado por el miedo.

Joanne es perfecta para asumir la muerte como transformadora, esa con la que todos vivimos, el duelo de no ser ni tan buena y aconductada como White, ni tan deslumbrante y seductora como Black. Ella puede ser una mujer real. Un ser humano. Entre el blanco y el negro, un poco el gris.

(Registro de entrevistas de los psiquiatras con Chris Costner Sizemore)