miércoles, 7 de febrero de 2018

"Educar para la depresión en tiempos de triunfalismo" por Lisímaco Henao H.

(Texto presentado en el seminario "¿Qué clínica de lo psíquico es posible en un contexto institucional educativo?", del Departamento de Desarrollo Estudiantil - Universidad Eafit de Medellín. Septiembre de 2015)

Resumen:

Crecemos "hacia arriba", hacia el triunfo, la prosperidad y el éxito, esto es muy importante sobretodo en la primera parte de la vida en la que nos ganamos el derecho a participar en el mundo y pagamos nuestra deuda por todo lo que recibimos de la humanidad; de este movimiento se alimenta una parte del sistema cultural en todos sus ámbitos, son muestra de ello los realities de talento en t.v. (en España a uno se le dio el significativo nombre de "operación triunfo") y todos los libros y "capacitaciones" en temas de éxito, "mercado de la espiritualidad", prosperidad económica y control. Sí, es natural crecer hacia arriba y también a eso quiere servir la educación como la conocemos y el desarrollo de valores y habilidades en general. Pero también crecemos hacia abajo, hacia la tierra, hacia la realidad de que también en algún momento fracasamos, somos impotentes y lentos, envejecemos y morimos. Pero para esto no parecemos estar tan bien preparados pues en un mundo acelerado, titánico y centrado en los objetivos "racionales" del Yo (no en la vida completa), este crecimiento es reprimido constantemente. Quizás estamos necesitando una educación para un monto normal de depresión, frustración y lentitud, movimientos del alma que en algún momento nos tocará experimentar.

Palabras clave: depresión, emoción, educación, ego, tragedia, expresión



Se nos ha invitado a hablar de la probable cercanía entre el cuidado del alma (la clínica de lo psíquico) y nociones como “terapéutica”, “educación” y “resocialización”. Es evidente que una cultura como la occidental que insiste cada vez más en el triunfalismo (una sociedad de "ganadores"), quiere educar, resocializar e incluso dar terapia con fines triunfalistas, pero como terapeuta siento la responsabilidad de hablar en nombre del alma que quiero cuidar clínicamente, un alma que es mucho más que solo ego. Por eso comienzo preguntándome cuál es la perspectiva del alma que se ha vuelto más masiva actualmente y obtengo una respuesta: la depresión[1]. Sí, porque una patología es una perspectiva sobre la vida que se mueve desde dentro hacia afuera, una perspectiva, por supuesto, nada apreciada por el ego al que cualquier situación incapacitante le apartaría del anhelado éxito externo. Cada enfermedad nos da una visión del mundo, de las relaciones y de nosotros mismos, basta con hablar con una persona deprimida para ver los colores y los matices de un mundo particular,;el ego, no obstante, se resiste a esta perspectiva, no quiere ver la vida en términos de depresión y por ello la señala como patología e inventa conceptos, terapias y fármacos, por eso se le dificulta escucharme a mí en estos momentos hablar en favor de la depresión, o decir que la depresión es una forma en que el alma ve a la vida. Porque el ego actual está en contra de la depresión y todo lo que se le parezca, teme que yo vaya a decir que estar deprimido es una maravilla. Pero como lo haría con un paciente en terapia yo le digo al ego en este primer párrafo: no te preocupes, no voy a decir eso, ya me explico.

Para el psiquiatra y analista junguiano Rafael López-Pedraza (2009), el mundo primitivo de la especie humana puede ser visto como un mundo de titanes, en el que la fuerza y la violencia eran imprescindibles para la sobrevivencia frente a los elementos y peligros de la naturaleza aún indomeñada. También, nos dice López, es muy probable que haya sido imperativa la extraversión como forma de dirigir la energía y la atención hacia el entorno. Todos hemos leído en alguna parte o se nos ha hecho evidente que nuestra especie es la más frágil de todas, sobretodo entre los mamíferos; mientras que los demás cachorros saltan a la acción instintiva inmediatamente, nosotros necesitamos ser sostenidos y contenidos durante años, antes de poder valernos por nosotros mismos; sin embargo, maravillosamente hemos sobrevivido frente a animales terribles y a fenómenos naturales de toda índole, incluso hemos llegado a domesticar a esos mismos animales y creamos sistemas ingeniosos para controlar, hasta cierto punto, los fenómenos naturales mismos. Para ello tuvimos que echar mano, necesariamente, de nuestro carácter titánico y de nuestras tendencias a atender al afuera, de estar alertas ante el exterior, de tal manera que aquellas otras tendencias más introvertidas, quedaron relegadas y sólo paulatinamente, cuando nos sentimos un poco más seguros y protegidos, pudimos “darnos el lujo” de desacelerar el ritmo, aceptando las tendencias introvertidas y la capacidad de contemplar los procesos psíquicos internos en conexión con la naturaleza, de lo que surgieron probablemente las religiones y muchos otros sistemas espirituales.


Lo que estoy planteando es que un estilo psíquico acelerado y extravertido es la marca necesaria de la educación, en un mundo en el que la sobrevivencia es el objetivo principal. Cuando seguir respirando es el objetivo, no es posible detenerse a contemplar el paisaje o las imágenes internas, lo necesario es oler, ver, palpar y responder a impulsos naturales que no se piensan ni se reflexionan y, lo más importante, hacerlo rápido.  Ahora bien, pienso que esas características están incluidas en lo que hoy denominamos manía, uno de los polos del trastorno bipolar o lo que solemos ver como el opuesto radical de la depresión. Los manuales psiquiátricos al hablar de manía se refieren a síntomas como “autoestima exagerada o grandiosidad”, “disminución de la necesidad de dormir”, “aumento de la actividad intencionada” e “Implicación en actividades placenteras que tienen un alto potencial de producir consecuencias graves” (2014). Que hoy veamos esos comportamientos como patológicos no les quita su utilidad y pertinencia.

Han pasado ya casi doscientos mil años desde que dimos el salto evolutivo al homo sapiens y muchas cosas han ocurrido, lo más notable es que una gran parte de la población mundial vive en condiciones en las cuales el sentido de la vida se ha complejizado, vivimos en condiciones que han dado lugar a un alto grado de emancipación de los instintos más primitivos y a un mundo que incluso, en tiempos recientes (no más de doscientos años), ha llegado a convencerse a si mismo de que puede controlar y dominar esos mismos instintos. Uno esperaría que al cambiar las condiciones básicas de existencia, la aceleración extravertida ya no fuera tan necesaria, que la introversión y la desaceleración tuvieran un lugar preponderante en la vida cotidiana, pero esto no es así; por supuesto, no quiero desconocer que hay lugares del mundo y pequeñas comunidades donde esto sucede, donde no se vive la vida como una carrera contra el tiempo, contra los otros, contra el envejecimiento y la muerte, pero como se nos ha invitado a hablar de educación y clínica, mi mirada se dirige a la patología cultural que percibo como una manía colectiva, una aceleración titánica moderna que encontramos en las organizaciones, en la política, las relaciones sociales y en la forma misma que van tomando las ciudades y sus locas calles y autopistas, una locura, en fin, que nos cuestiona a través de la mirada de los niños, adolescentes y jóvenes que pretendemos educar.

La perspectiva del ego moderno promueve valores basados en la aceleración extravertida ¿quién puede negarlo? La vida se organiza en torno a la competencia por algo: la fama, el dinero, la imagen, el éxito, el control, y todos sabemos que para competir hay que correr, estar al día, llegar primero e imponerse sobre los otros, con lo cual la extraversión se potencia pues tengo que estar atento a la imagen del otro, la fama del otro, el éxito del otro o el control que el otro logró (también, por supuesto, suele ser muy útil actualizarme en los fracasos de los otros). Comprendemos así la importancia que las redes sociales y en general los llamados mass media han tomado, pues en este sistema yo soy un observador que quiere superar a toda costa lo observado.

En esta lógica procesos como el envejecer, el enfermar y el morir, en otras palabras, las vivencias fundamentales del cuerpo, se convierten en enemigas que lentifican, por lo que el cuerpo debe ser continuamente reforzado, tratado y revitalizarlo, luchar contra la edad, contra el cuerpo y sus cambios de tono se vuelve imperativo, lo que nos ayuda a comprender el miedo actual a la vejez y el desprecio por los viejos.   Así también, todos aquellos elementos que provienen del interior de la psique, a no ser que sean compatibles con el estilo egóico, serán desvirtuados y reprimidos o, cuando menos, desatendidos. Y es aquí, en esta desatención a los ritmos del cuerpo, a la vida interior, a su espontaneidad y su diversidad de emociones y objetivos, que encontramos el caldo de cultivo para la formación de la depresión como una perspectiva, más que contraria al ego, complementaria con respecto a su estilo moderno.

Para ejemplificar lo que digo: todos y todas tenemos la experiencia de percibir una autoimagen compuesta por diversos ideales o aspiraciones, esta incluye aspectos tanto corporales como psíquicos y sociales; así mismo, tenemos la experiencia de descubrir la distancia que existe entre esa imagen de nosotros mismos y lo que realmente resultamos ser, así, un día descubrimos que no somos tan inteligentes como creíamos, o tan atractivos, o tan agradables a la vista de todos. Algunos pensarán que llegar a la madurez es darse cuenta de esto y suspender las fantasías sobre uno mismo, personalmente creo que no es así pues la función fantaseadora de la psique, con toda su autonomía, no dejará de producir estos y otros tipos de imágenes hasta nuestra muerte. Ahora, madurar quizás implica darse cuenta de esto y observar la distancia que hay entre fantasía y realidad, y hacer consciencia, además, de que la fantasía sirve para poner a prueba nuestra capacidad de mejorar, cambiar o aprender, y de que la realidad es útil para ponernos límites. Esta consciencia trae siempre una cierta dosis de tristeza, de desilusión, de una cierta depresión. Ahora invito a pensar esto mismo no en la edad madura sino en la infancia, en la adolescencia o en la juventud temprana, épocas de la vida donde por el proceso de separación del mundo ensoñador de la niñez, o por la búsqueda de identidad en el mundo externo a la familia, la distancia entre fantasías de uno mismo y realidad suele ser mayor y, quizás, la consciencia de esa distancia aún más difícil y dolorosa. En esa época entonces, poder expresar las emociones asociadas a tal desilusión es importantísimo, así como tener un otro acogedor con quien compartirlas. Que un niño o un joven tengan esa oportunidad, puede entrenarles para aceptar la vida futura con toda su maravilla y todo su azar, sin necesidad de deprimirse gravemente.

El antiguo dios griego Dionisos es conocido popularmente por nosotros como el alegre dios del vino y de la orgía, es algo que cualquiera puede repetir, sin embargo, por razones que atañen a la forma como se fue construyendo nuestro ego occidental, hemos olvidado que también era el dios de la tragedia, es decir, aquel que inspiraba a los humanos a aceptar las vivencias más contradictorias. Lo interesante del teatro griego, y que considero el motivo principal por el cual podría ser una potente herramienta educativa, es que en sus tragedias encontramos unidas la posibilidad y la impotencia, la juventud y la vejez, la esperanza y la muerte, la belleza máxima y el horror. Incluso la embriaguez a la que asociamos a Dionisos está vinculada con la vida natural: era una embriaguez sagrada pues conectaba lo divino y lo humano, es decir, nuestra posibilidad de trascender lo meramente material junto a lo más frágil en nosotros, las emociones y su tendencia a torpedear hasta los más altos ideales.

Porque es natural en nosotros equivocarnos, sufrir y no lograr, he traído aquí la imagen de este antiguo dios que parecía convocar a la aceptación de esas realidades. Es cierto que no tenemos una religión griega, así que jugamos con estas imágenes como metáforas, como símbolos de cosas que alguna vez supimos de nosotros mismos y olvidamos. Olvidamos que estar joven, acertar, disfrutar y triunfar son sólo una cara de la moneda, tanto lo olvidamos que tratamos una y otra vez de inculcar en nuestros hijos e hijas, la negación o la evitación de la otra cara y, por consiguiente, la no expresión de las emociones difíciles que produce una vida completa. Me permito traer a colación dos ejemplos claros de las luchas de este ego pseudoheroico y de sus batallas:
  1. El jardín de infantes de mi hija invita a los padres a participar de una clase de inglés. La profesora abre la clase mostrando a cada niño y niña tres caritas en una cartulina. Hay una carita feliz, una carita neutra y una carita triste. La profesora entonces pregunta: “¿How are you?”, ante lo cual el niño debe señalar una de las cartulinas y responder en inglés: “I am…”. Un niño a nuestra derecha, de unos tres años, es el único que señala la carita triste y la profesora se apresta a increparle: “pero porqué estas triste, tu no puedes estar triste, ¡tu estás happy!”.
  2. Acompaño a mi padre al médico y este le pregunta: “¿cómo está usted hoy?”, mi padre responde “Muy bien, gracias doctor”. El doctor le dice “pero yo no lo encuentro muy bien” (mi padre no solía seguir las indicaciones médicas debido a que se negaba a dejar de trabajar), a lo que mi padre replicó: “es que a mi desde pequeño me enseñaron que uno tiene que decir siempre que está bien para que le vaya bien, aunque esté mal”. Mi padre tenía entonces 82 años.
Estas dos anécdotas tendrían muchas aristas que explorar, pero en favor de la brevedad sólo haré notar su alta carga de “positivismo” cultural. Hemos sido educados de tal manera que momentos tan vitales como el encuentro con una fuerte emoción, es calificada automáticamente como debilidad, como producto de una falla fundamental que debe ser corregida; lo que sigue, es que sobre esta sensación de fracaso se impone, o bien la marca de la culpa egóica (“me falta inteligencia”, “me falta control”, “nunca tendré éxito por tener estas cosas malas en mi”, “la vida no tiene sentido si no puedo ser fuerte”), o de la paranoia (“no me van a querer por reaccionar así”, “me odian por no ser como ellos”, “los otros son mejores que yo”, “me van a apartar o a aniquilar”).

Ahora bien, cada emoción que explota en nosotros en un momento de descuido del ego, trae una gran variedad de consecuencias para la vida psíquica, pero la emoción de la tristeza y del fracaso son quizás las más básicas, las más comunes como reacción ante el hecho de que no siempre podamos tener el control o lograr lo anhelado. En este punto es imprescindible que en nuestro proceso educativo hayamos aprendido por lo menos dos cosas: un lenguaje para expresarlas y el permiso de hacerlo.

Uno de los grandes sufrimientos psicológicos consiste en no poder expresar lo que sentimos, es posible que el ser humano haya llegado al lenguaje por la necesidad de quejarse o de compartir la alegría; sin embargo es notable que muchas personas carezcan de un lenguaje emocional, una buena batería de palabras, expresiones e imágenes que permitan al alma mostrarse a otros, esperando de ellos un reflejo que le permita saber más de lo que le ocurre o de sus necesidades. De esta manera podemos imaginar al alma como aquello que en nosotros se ofrece al mundo por medio de imágenes cargadas emocionalmente, dicho de otro modo, nuestra profundidad se muestra sobretodo en las emociones que viajan en palabras e imágenes. Sin embargo, repito, muchas personas han crecido y podrían estar creciendo sin este lenguaje. Recuerdo que me encontré un día frente a un paciente que no podía decirme cómo se sentía su novia en el momento en el que él cortó la relación, siempre recurría a explicaciones intelectuales o evitativas del tipo “tal vez sintió que ya no podría lograr sus objetivos” o “ella tal vez esperaba tener a su lado un tipo como yo”; cuando lo invité a que se imaginara ser ella le fue aún más difícil (por supuesto si no funcionó la técnica extravertida, mucho menos lo iba a hacer la introvertida). Sabemos que para algunas personas el sólo decir “estoy triste”, “abatido”, “celoso”, “resentido” o “dolido”, puede ser todo un trabajo contra la culpa o la sensación de debilidad, incluso a algunas les cuesta admitir emociones de las llamadas positivas como estar enamorado. Para ellas las emoción resulta peligrosa pues la mayor marca de la vivencia emocional es la de su carácter autónomo e impositivo, es decir, el ego no decide tener ira o celos, el ego no decide enamorarse, estas son cosas que le pasan a uno, o para decirlo en términos más amenazantes para el yo: cosas que le pasan a uno por encima.

He entrado entonces en el segundo aspecto de la educación para las emociones, es decir, tener la posibilidad de permitirse la vivencia emocional. Quizás aprender el lenguaje para lo que sentimos no sea tan difícil, mi hija tiene unos pequeños libros de cuentos, cada uno titulado con una emoción que le han permitido hablar de estar tímida, triste, alegre, iracunda o celosa. Así mismo, al mencionado paciente le pasé yo una lista de emociones básicas que le fue útil hasta cierto punto. Pero quizás lo que más cuesta, es darse el permiso de ser frágil, construir en el ego cierta flexibilidad para ello, algo que que se acercaría a otro concepto de López-Pedraza: “La consciencia del fracaso” (López-Pedraza, 1987). Para acceder a este permiso, a esta consciencia, los adultos solemos asistir a psicoterapia, psicoanálisis o a otros métodos, los cuales son vías modernas de aproximación al alma profunda que sustituyeron al teatro griego y a la confesión y el ritual religioso. Vamos a un terapeuta porque intuitivamente sabemos que hay cosas en nosotros que debemos admitir, cosas que quizás le quiten brillo a nuestros egos, pero que dan importancia a otros aspectos de nuestra más claroscura humanidad.

Una vez una amiga me dijo: “Yo no voy a terapia porque me pongo a recordar y a hablar de cosas tristes, a llorar, y de pronto me deprimo”, a lo que le dije: “si no vas a terapia y no lloras y no aprendes a estar triste, te deprimes”. Y es a este aprender y enseñar a estar tristes admitiendo que la tristeza y el fracaso hacen parte de la vida, a lo que me refiero con “educar para la depresión”. Si el padre y la madre, si el educador y el clínico mismo entran en pánico frente a la tristeza del niño o del joven, estarán aliándose con el enemigo, reforzarán la represión de la vida emocional y, consecuentemente, estarán provocando que el sistema psíquico busque otras salidas a toda esa emocionalidad. Lo que puede suceder después es que aquella tristeza, aquella depresión normal, es decir, aquella reacción humana natural, emerja convertida en depresión patológica, pues el alma inconsciente hará un llamado aún más fuerte. Lo inconsciente es lo indomeñado en nosotros y puede actuar como aquellas fieras de las que nos defendimos en tiempos primigenios; si el ego se ha resistido a sus vivencias emocionales, estas fieras pueden tomarlo por sorpresa y llevarlo hacia el interior, buscando así que tenga que aceptar lo inaceptable: su naturaleza frágil y dual, todo lo humano y lo azaroso de la vida misma. Si no nos sabemos deprimir, es decir, si no hemos obtenido un lenguaje y un permiso para vivir la tristeza y el fracaso, nuestra alma inconsciente será quien tratará de educarnos. Así que, ya que estamos hablando de clínica y educación, me parece que para enriquecer nuestro lugar como clínicos en ámbitos educativos y hacer una buena reflexión como educadores que quieren adquirir herramientas realmente psicológicas, debemos plantearnos las siguientes preguntas: ¿Qué conceptos tengo sobre la vida emocional? ¿Cómo me sitúo frente a los valores colectivos del triunfo y los caminos para lograrlo? ¿Cómo reacciono frente a las vivencias emocionales de otros? ¿Cómo reacciono frente a mis propias emociones?

Deseo que estas pocas ideas y sentimientos aporten a la discusión y a un paulatino -y estoy seguro, lento-, proceso de conocimiento, aceptación y expresión de la vida interior como parte del proceso educativo; quizás podríamos lograr unas generaciones que no se enfermaran tanto de depresión, ni de otro montón de patologías generadas por las emociones consideradas enemigas de la prosperidad, el éxito y el triunfo del yo.

Por ahora, y a modo de incitación a la curiosidad, les dejo con estas palabras del analista junguiano Carlos Byington (Byington, 2013), quien se atreve a hablar de la necesidad de la depresión, tanto de la normal, es decir, del estado que es fruto de la aceptación de lo más humano en nosotros, como de aquella otra patológica que, según él, puede resultar éticamente correctiva:

“La depresión normal ayuda a la introspección porque retira la libido de la extroversión, o sea, del envolvimiento con los acontecimientos de la cotidianidad, y propicia la introversión que, muchas veces, es dirigida para elaborar algo errado y destructivo. En este caso, la depresión es acompañada de culpa y opera junto con la función ética para confrontar, corregir y alejarnos del Mal. Otras veces, la depresión no está necesariamente vinculada a la ética, y tiene la finalidad de reconocer y acoger las disfunciones o heridas del Ser. En esos casos ella se compara con la conducta de animales heridos que se retiran a su cubil para lamer sus heridas.

Sea para elaborar heridas, o una conducta equivocada y culposa, o para elaborar la muerte o simplemente conducir a la introspección, la depresión es una función esencial en el funcionamiento de la Psique que necesita ser acogida y diferenciada para ser ejercida. De esta manera, siempre es un error y es anti-ético recetar o ingerir antidepresivos automáticamente solo porque la persona no sabe o no quiere deprimirse.” (p. 25)

REFERENCIAS
Asociación Americana de Psiquiatría (2014). Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM 5. Arlington: American Psychiatric Association
Byington C. A. B. (2013). El viaje del ser en busca de eternidad y del infinito. Las sierte etapas arquetípicas de la vida por la psicología simbólica junguiana. Sao Paulo: Edición del autor
López-Pedraza R. (2009). Dionisos en exilio. Caracas: Festina Lente.
López-Pedraza R. (1987). Ansiedad Cultural. Caracas: Festina Lente.



[1] Según un informe de la OMS (Organización Mundial de la Salud), para 2020 la depresión será la segunda causa de muerte o incapacidad en el planeta. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-502927 (Recuperado en 22-06-15)