martes, 13 de enero de 2026

CENIZA EN LA HERIDA. Una reflexión analítica sobre Venezuela. Por David Sucre Villalobos

 CENIZAS EN LA HERIDA.

David Sucre Villalobos. 

Psicólogo Clínico, Psicoterapeuta 

Router (analista en formación) IAAP 

@psi.davidsucre


En Venezuela el 2026 inicia con bombardeos controlados en la ciudad de Caracas por parte de la administración de Trump, hechos que ubican al país caribeño en una conmoción internacional y que deja en el colectivo que hace vida dentro de sus fronteras y en su gran diáspora, una sensación de que tras las festividades de nuevo año, la realidad nacional vuelve a golpearnos desde los cielos exhibiendo en la herida cenizas y escombros consecuencias de la destrucción.


El calendario marcaba 3 de enero, sin embargo en Venezuela el pasado pesado se niega a pasar la página y en la memoria, el agujero del olvido se ilumina por el fuego que alumbra el espíritu ciudadano, oscurecido por más de 25 años de conflicto interno en dictadura, represiones, torturas y silencio impuesto en un país que se caracteriza por una cercanía con el prójimo y una afectividad cálida con la alteridad.

El mundo conectado con el renacimiento simbólico del solsticio de invierno y la realidad venezolana en oposición, sumergida en una Calcinatio, caracterizada de ansiedad, pánico y trauma colectivo. El país que es el norte del sur y cuyo proceso alquímico es complejo de analizar, en una psicogeografia intervenida por el fuego producto del bombardeo norteamericano que a modo de espejo, en vez de purificar, consume las ruinas del Ego nacional en un colectivo calcinado por las acciones del padre terrible, titán, maltrador, que con sus bailes, mofas y muecas perversamente se burla del dolor ciudadano.

Gracias a las reflexiones de C. G. Jung y a sus amplificaciones psicológicas sobre la alquimia, conocemos que la Calcinatio quema las impurezas del Ego a través de una intensidad emocional necesaria para la individuación. En Venezuela la Calcinatio ha sido crónica, su colectivo reducido a las cenizas de un fuego que por una parte ilumina y por otra deshidrata la esperanza de un futuro que cada vez se vuelve incierto.

La herida que no sana deja a la tempestad de las ruinas las fracturas que ha sufrido nuestra identidad nacional, un país que lucha la tensión de opuestos de estar atrapado en la nostalgia de lo que fue y el trauma presente que como bucle destina a Venezuela a quedar perennemente en el horno alquímico. Los venezolanos estamos ante una crisis de sentido, hay poca comprensión, estamos atentos a los apareceres de las capas más profundas del inconsciente colectivo. ¿Que nos traerá esa zona arcaica de nuestra psique?

La sombra del poder, su manejo en polaridades y la furia por la extracción del padre político, nos hace pensar que en Venezuela las dinámicas fratricidas están a la vuelta de la esquina, también el parricidio edípico, que ubican al conflicto más allá de las posiciones ideológicas, el padre y sus hijos han jugado juegos, con reglas basadas en la deslealtad y la traición. Este campo emocional, es el combustible perfecto, para encender un fuego en una Calcinatio estéril, que no logra transformación profundad, ya que, las cúpulas emplean la proyección como mecanismo defensivo y están poco dispuestas a mirar al interior.

Mientras la institucionalidad venezolana queda en duda sobre su legitimidad, el ciudadano y el colectivo son sometidos a la sed y a la aridez informativa, Hermes está jugando su cara más oscura. No hay apareces de un tercer momento que ayude a dinamizar la tensión y la polarización. Para Venezuela no hay función trascedente, los polos están endurecidos, por ello no hay, por ahora, una posible reconciliación. Estamos respirando cenizas, ellas son el residuo en nuestra herida nacional, traen el polvo desintegrado que nos invita a soportar el dolor que produjo el calor de una oscuridad mal metabolizada.

Intentando digerir la primera semana de enero, Venezuela anhela que los centros de torturas liberen a sus hijos maltratos por el padre terrible, también exige desde la herida de orfandad, que la institutriz que nos "cuida" no nos castigue y permita una transición hacia una colectivo que logre transformar sus complejos infantiles, debemos comprender los venezolanos que desde la dependencia y las fantasías de un salvador externo no forjamos acero en el alma.

En Venezuela impera una lógica de lealtad al trauma colectivo que costara transformar, estar en conmoción para la psique es permitirle gritar, que logre expresar lo que los años de silencio no han dejado, sin duda, este panorama y este orden impuesto, alivia un poco la sensación de injusticia del colectivo venezolano.

Apostemos al alma, en ella, siempre estará la respuesta a la vida, el poder limita al eros y lo elimina con el fin de perpetuarse, por ahora, y mientras tanto, como diría el psicoanalista ingles W. Bion, debemos seguir pensando mientras las bombas caen, y por muy doloroso que sea, permitir que la Calcinatio real ilumine los errores que nos trajeron hasta el hoy... en sociedad civil seguimos en resistencia y con cenizas en la herida.

Caracas. Enero del 2026