miércoles, 14 de julio de 2010

Apunte sobre el relato. James Hillman

En nuestros estudios sobre Psicología Analítica suelen aparecer preguntas fundamentales acerca de las herramientas terapéuticas del enfoque junguiano, sobre el cómo de la intervención, sobre el aspecto práctico de esta psicología; nos preocupa la transformación de un saber teórico en una forma de verse a sí mismo y al otro y, por supuesto, en una forma de “ganarse la vida”. Con el tiempo vamos aprendiendo, no obstante, que el método somos nosotros mismos y que no hay otra manera de hacerse terapeuta (o analista) que sobre la base de la propia terapia (o análisis). Pero aún más importante, que el paradigma de todas las herramientas es la imaginación, la psique imaginativa o, como lo denomina el autor del presente ensayo, la “conciencia narrativa”, la cual se fomenta en el contacto con el mito, la leyenda, el cuento, el poema y el relato en general.

James Hillman nos introduce en estos temas llevándonos de la mano hacia un mundo en el cual la literalidad neurótica va perdiendo su sentido, al entrar en contacto con la infancia arquetípica.

Apunte sobre el relato
James Hillman



[El texto hace parte de la colección de ensayos de Hillman Loose Ends, publicada por primera vez en Children´s Literature: The Great Excluded (Vol III). Spring Publications. Dallas, 1975 (He transcrito este artículo de la compilación “Recuperar el niño interior”. Ed. Kairós. Barcelona 2005)]

Desde mi punto de vista como psicólogo profundo, me doy cuenta de que quienes han tenido contacto con el mundo de los relatos se encuentran mejor y tienen mejor pronóstico que aquellos que lo desconocen. Ésta es una afirmación muy general que me gustaría analizar más detalladamente. Pero no deseo limitar su pretensión apodíctica: tener “conciencia narrativa” es per se psicológicamente terapéutico, es bueno para el alma.

Haber disfrutado de relatos de cualquier tipo durante la infancia –y me refiero a relatos orales, contados o leídos (puesto que la lectura tiene un aspecto oral, incluso cuando uno lee para sí mismo) más que vistos en una pantalla- conduce a la persona al reconocimiento y la familiaridad con la realidad legítima del relato per se. Es algo que viene dado con la vida, con el habla y la comunicación, y no algo posterior que se adquiere con el aprendizaje y la literatura, llega pronto en la vida y supone una perspectiva sobre ésta. Uno integra la vida como un relato porque hay relatos en la parte oculta de su mente (el inconsciente) que funcionan como receptáculos para organizar los acontecimientos y convertirlos en experiencias significativas. Los relatos son medios para encontrarse a sí mismo en acontecimientos que, de otro modo, tal vez no tendrían significado psicológico alguno. (Las explicaciones económicas, científicas e históricas son “relatos” que muy a menudo no alcanzan a proporcionarle al alma el tipo de significado imaginativo que busca para entender su vida psicológica.)

La persona que ha incorporado el relato desde la infancia, mantiene generalmente mejores relaciones con el material patológico de las imágenes obscenas, grotescas o crueles que aparecen espontáneamente en los sueños y en las fantasías. Quienes sostienen una teoría racionalista y asociacionista de la mente arguyen que si no presentáramos esos cuentos siniestros en los primeros e impresionables años de la vida infantil, en años posteriores habría menos patología y más racionalidad. Mi práctica me indica, por el contrario, que cuanto más experimentada sea la parte imaginativa de la personalidad, menos amenazador resultará lo irracional, menos necesaria será la represión y, por tanto, menos aflorará la patología real en los acontecimientos cotidianos. Dicho de otro modo, por medio del relato, la calidad simbólica delas imágenes y los temas patológicos encuentran su lugar, con lo que se reduce la tendencia a percibir dichas imágenes y temas de forma naturalista, con literalidad clínica, como signos de enfermedad. Estas imágenes encuentran su lugar legítimo en el relato. Son propias de los mitos, leyendas y cuentos de hadas en los que, al igual que en los sueños, aparecen todo tipo de figuras extrañas y comportamientos dislocados. Después de todo, “el más notable de todos los relatos”, como a muchos les gusta denominar la Pascua de Resurrección, esta repleto de imágenes siniestras, vistas con un detalle que resalta lo patológico.

La “Conciencia narrativa” proporciona un mecanismo más adecuado para reconciliarse con el propio historial clínico que la “conciencia clínica”. El historial clínico, además, es un tipo de ficción, escrito por miles de manos en miles de clínicas y salas de consulta, almacenado en archivos y raramente publicado. Este tipo de ficción llamado “Historial clínico” sigue las pautas del género del realismo social; cree en datos y acontecimientos e interpreta, de manera demasiado literal, todas las historias que cuenta. En el marco del análisis profundo, el analista y el paciente reescriben juntos el historial clínico creando una nueva historia; crean la “ficción” cuando colaboran en el trabajo analítico. Una parte de la curación, quizás incluso la parte más esencial, se debe a esta ficción elaborada en equipo, esta manera de inscribir todos los acontecimientos caóticos y traumáticos de la vida en un nuevo relato. Jung dijo que los pacientes necesitan “ficciones que sanen”, pero nos es difícil adoptar este punto de vista si no existe de antemano una predilección por la “conciencia narrativa”.

La terapia junguiana, al menos tal como yo la practico, trae consigo la constatación de que la fantasía es una actividad creativa que renueva de continuo la historia de la persona. Cuando examinamos dichas fantasías descubrimos que reproducen los grandes temas impersonales de la humanidad, representados en la tragedia, la épica, el cuento folclórico, la leyenda y el mito. La fantasía, en nuestra opinión, constituye un intento del psiquismo de remitologizar la conciencia, y es por ello que intentamos fomentar esta actividad familiarizándonos con los mitos y los cuentos folclóricos. La construcción del alma va de la mano de la desliteralización de la conciencia y del restablecimiento de sus vínculos con las formas de pensamiento míticas y metafóricas. En lugar de interpretar las historias a partir de conceptos y explicaciones racionales, preferimos concebir las explicaciones racionales como elaboraciones secundarias de relatos básicos que contienen y proporcionan vitalidad. Según Owen Barfield y Norman Brown: “la literalidad es el enemigo”. Y yo añadiría: “la literalidad es la enfermedad”. Siempre que nos aferramos a una interpretación literal, una creencia literal o una afirmación literal, perdemos la perspectiva imaginaria y metafórica sobre nosotros mismos y sobre nuestro mundo. El relato es curativo por cuanto siempre se presenta bajo la fórmula “érase una vez”. Como una realidad condicional y simulada. Es la única manera de explicar o contar lo que no se postula como real, verdadero, positivo, revelado, es decir, literal.

Esto nos lleva a la cuestión del contenido. ¿Cuáles son los relatos que deben contarse? En esto soy ortodoxo, partidario de los relatos antiguos y tradicionales pertenecientes a nuestra cultura: mitos griegos, romanos, celtas y nórdicos; la biblia; leyendas y cuentos folclóricos. Y todos ellos con el mínimo de comercialización moderna (puesta al día, revisión, recortes, etcétera), es decir, con la mínima interferencia del racionalismo contemporáneo que reduce precisamente la conciencia que los relatos tenderían a ensanchar. Aunque no seamos de ascendencia celta, ni nórdica, ni griega, estas narraciones constituyen el fundamento de nuestra cultura occidental, y, nos guste o no, contribuyen a formar nuestra psique. Es posible que las consideremos parciales, dada su tendencia proaria, promasculina o proguerrera, pero si no comprendemos que estos relatos contienen elementos fundamentales de la psique occidental, seguiremos desconociendo los aspectos básicos de nuestra dinámica psicológica. En nuestra psicología del ego todavía resuenan el tema y las motivaciones del héroe, de la misma manera que en la psicología de lo que hoy llamamos “lo femenino” se reflejan los modelos de las diosas y las ninfas de los mitos griegos. Estos relatos temáticos canalizan la fantasía. Los platónicos, hace un tiempo, y más recientemente Jung, señalaron el valor terapéutico de los grandes mitos para ordenarlos aspectos caóticos y fragmentados de la fantasía. El cuerpo principal de los relatos bíblicos y clásicos conduce a la fantasía hacia patrones psicológicos organizados y profundamente vitales; en estas historias se manifiestan las formas arquetípicas de la experiencia.

Pienso que es más difícil convencer a los adultos que a los niños de la importancia del relato. Ser adulto significa hoy verse adulterado por explicaciones racionalistas y darle la espalda al infantilismo que encontramos en los cuentos de hadas. En mi trabajo he tratado de mostrar cómo se ha llegado a confrontar, a oponer, al niño y al adulto: se suele identificar la infancia con el asombro, la imaginación y la espontaneidad creativa, mientras que la pérdida de dichos rasgos se identifica con la madurez. Es por ello que, en mi opinión, lo primero que hay que hacer es renarrar al adulto –profesores, padres y abuelos- con el fin de restituir la imaginación a un lugar prominente en la conciencia de cada uno de nosotros, independientemente de nuestra edad.

He llegado a esto desde un punto de vista psicológico, en parte porque deseo sustraer al relato de su asociación demasiado estrecha con la educación y con la literatura –como algo que se enseña y se estudia-. Me interesa el relato como algo que se vive, y a través de lo cual se vive, un medio por el cual el alma se reencuentra con la vida.